El nombre recuerda una de las mejores tragicomedias de la historia del cine con el personaje inolvidable del británico Peter Sellers. En nuestro caso, un divertido festejo en la quinta presidencial en el mismo momento en que transcurría el tercer mes del encierro absoluto dispuesto para "cuidarnos" de la pandemia. Alberto Fernández, sin consultar al Congreso que también había sido cerrado por decreto, dictó normas de cumplimiento obligatorio que no sólo prohibían las reuniones sociales sino también las familiares y nos obligaba a sortear controles policiales y hasta drones rondando nuestras cabezas para caminar unas cuadras alrededor de nuestros domicilios. Al mismo tiempo, decenas de visitantes innecesarios ingresaban a Olivos hasta para entrenar perros o hacer color al cabello de su compañera. Aquella decisión de aislamiento total fue exagerada e injustificada, para ese entonces la cantidad de casos de covid era mínima comparada con la que tenemos hoy más de un año después con casi toda la actividad liberada.
Todo instrumento está para ser usado, cumplir un fin, no son un fin en sí mismos.
Se pudieron explicar los primeros días de encierro hasta que se supiera de qué se trataba o que se adaptara el sistema sanitario para esperar una peste desconocida. Pero, como suele ocurrir a gobernantes de escasa capacidad, se confundió un instrumento con la solución. Todo instrumento, toda herramienta, están para ser usados, cumplir un fin, no son un fin en sí mismos. Pero cuando el Presidente comenzó a ver las encuestas de popularidad que le daban inesperadamente bien por el miedo transmitido a la gente que suponía un virus circulando en el aire y que podría colarse por las ventanas, confundió los hechos con sus deseos. Si con estas medidas subo, mientras más las mantenga más subiré hasta obtener una popularidad a la que nunca soñé llegar tan pronto como resultado del ejercicio del gobierno. No fuimos pocos los que advertimos sobre el abuso de poder que llegó hasta a decirnos por qué lugar de la vereda podíamos caminar marcándonos con flechas autoritarias que todavía quedan marcadas en algunas plazas o que deberíamos circular en el sentido de las agujas del reloj. Toda persona fue vista como potencial contagiadora serial, todos caminando en el mismo sentido no fuera que nos encontrásemos con alguien de frente. Al amigo Raúl de la Torre, un policía lo detuvo para indicarle que no debía correr, sólo caminar, era lo que estaba permitido. No debemos olvidar esos excesos. Ni hablar de la condena absurda a la quiebra de cientos de miles de negocios del más variado tamaño con la excusa de que la vida estaría antes que la economía, como si pudiese haber una cosa sin la otra en un país que no tenía ni tiene reservas como para aguantar meses parado. El colmo es enterarnos ahora de que ese encierro claustrofóbico que causó decenas de miles de muertes evitables por no asistir a los tratamientos de enfermedades comunes- en el primer semestre de este año se registró un 46% más de decesos que en 2019, solo el 30% atribuible al covid- no era para todos, sólo para los "bobos" utilizando palabras propias de Alberto. La fiesta inolvidable del cumpleaños de Fabiola no habrá sido la única. A medida que dispongamos de la información oficial de entradas a la quinta presidencial así como a otros domicilios de autoridades gubernamentales nos iremos enterando de la magnitud del escándalo. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago es el privilegio del rey, "el Estado soy yo" según Luis XIV de la Francia pre-revolucionaria, "is good to be the King" según el comediante Mel Brooks. Más allá de la flagrante desobediencia a la propia norma dictada, destaca el amateurismo de filmarse y fotografiarse cometiendo el delito.
Quien personaliza la investidura no tiene más privilegios sino más obligaciones.
Amateurismo o certeza de impunidad. Desde Platón se sabe que, dicho de forma distinta al anillo de Giges que imaginó el griego para convertir al transgresor en invisible, el problema no es cometer una falta sino que te agarren. Permitir la presencia de celulares y posar para el video o la foto haciendo algo prohibido por ley asombran por lo absurdo y torpe. No hace falta la requisa antipática, hoy tenemos tecnología que se usa en cines, auditorios y aviones para bloquear cualquier elemento tecnológico y siempre tuvimos por seguro que en los recintos oficiales hay también prensa oficial que registra lo que ocurre puertas adentro. Le ha pasado a este periodista estar con un gobernador, entrar el fotógrafo y el gobernador preguntar si se permite la toma. La filtración posterior es otro tema, una falla básica de seguridad, la confusión entre la vida privada de un ciudadano común con la de un Presidente de la Nación que dejó de ser común desde el momento en que recibió los símbolos del bastón y la banda. Quien personaliza la investidura no tiene más privilegios sino más obligaciones, le está vedado insultar en la cancha, escupir en la acera, cruzar por la mitad de cuadra, debe ser bueno, parecerlo y así su familia. Si esto fuera un sacrificio, nadie está obligado a ser candidato, a representar a una institución, nada menos que la más alta de un país. Como broche final a la zoncera, Alberto señala enojado a supuestos culpables de una campaña en su contra simplemente por publicar algo que salió de su propia casa, de sus propios amigos, de la ocurrencia de su "querida Fabiola". Puso la cara para la foto siendo la máxima autoridad presente y ahora adjudica culpas a terceros. Nuestra credulidad, si quedaba algo, ha desaparecido.
