Cada día más pueblos pierden el poder de autogobernarse, encerrados en batallas inútiles, que dificultan el clima armónico y propician un suicidio colectivo. Indudablemente esta conducta se ha alimentado en los últimos años, tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en desarrollo. Ante esta angustiosa realidad, considero una buena acción concienciar a todos los moradores del planeta, que estas situaciones de riesgo se pueden aminorar con el fortalecimiento de estrategias de salud mental, la ejecución de políticas para reducir el consumo nocivo de alcohol y demás sustancias estupefacientes y psicotrópicas, con restricciones de acceso a medios como las armas.
A esto hay que sumarle el vacío espiritual que sufrimos como especie, que no sólo ha dejado sin orientación a las jóvenes generaciones, son muchos los corazones humanos que han perdido su identidad, su propia dignificación y pertenencia a la vida.

Deberíamos injertar en nuestra mente más criterios de coherencia con lo que somos, seres pensantes vivos. Con la palabra también se puede activar la conducta asesina, hoy tan difundida a través de los medios tecnológicos, mediante calumnias y difamaciones. Es otra manera de matar, porque quien insulta, acuchilla. La falta de respeto hacia nuestro análogo se ha convertido en algo enfermizo; de ahí, la necesidad de conectarnos de otra manera unos con otros, tal vez más con el alma, para que la comunicación sea menos hiriente, y de este modo procuremos cuidarnos y protegernos.

Realmente, pienso que detrás de una actuación suicida hay un desorden, no sé si mental, pero sí un caos humano; un desequilibrio que puede corregirse y que ha de enmendarse, desde luego, más pronto que tarde. Hay algo que no funciona en ese ser humano. Se ha devaluado tanto su existencia que opta por no querer vivir. Por desgracia, en lugar de activar la vida, hemos fomentado tantas veces una cultura de muerte, que esta es la factura de nuestros despropósitos, la de rearmarse y autodestruirse. Sería bueno despertar a la luz. Por eso, celebro aquellos humanos que se afanan en regenerar otros espacios de esperanza, en abrir posibilidades a una vida de concordia. El futuro es nuestro, de cada uno de nosotros, pues siempre va a depender de cada cual hacer respetar nuestra pobreza.
Ha llegado el momento de plantarse. La consideración a la coexistencia es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad, con la que tanto se nos llena la boca en la actualidad. Una generación que no se deja respetar, que usa la inocencia de los niños para adoctrinarlos en la muerte, o desecha la sabiduría de los que caminan por el atardecer de sus vidas, merece cuando menos un buen correctivo por la negligencia de los modales y el abandono de sus deberes.
Recuerden lo que decía en su tiempo el célebre filósofo y escritor español, Miguel de Unamuno, ‘hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento”. Tenemos que reconducirnos, esperanzarnos, revivirnos, rehacernos junto a esa creación de la que somos parte. Al fin y al cabo, necesitamos sentirnos queridos, sustentados y sostenidos por alguien.
Se sabe que cruzando estudios últimos realizados por diversos organismos de defensa de los derechos humanos, que la falta de estímulos sensoriales, la incomunicación que padecemos o la falta de contactos entre unos y otros, provocan ansiedad y depresión. Cuidado con la aplicación acerca de la tortura y otras medidas y penas crueles, inhumanas y degradantes, que algunos gobiernos practican, sin considerar que la dignidad de la persona humana está sobre todas las cosas.
La compañía humana es el verdadero antídoto contra esta miseria espiritual que todos padecemos, en mayor medida unos que otros eso es cierto, no en vano tantas veces pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, cuestión que nos lleva por un camino de fracaso y de debilidad.
A lo mejor tenemos que empezar a vivir más seriamente por dentro para empezar a entendernos y a soportarnos.