El antiguo buzón al lado del cartel que indica el lugar denominado como "el portal de Rivadavia".

Dice "Pichuco", ¿Qué barrio era así, así, así? Es decir, ¡qué sé yo si era así! Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. Pero ¿cuándo, cuándo? Si siempre estoy llegando. Y si al alguna vez me olvidé, las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja, titilando como si fueran manos amigas, me dijeron ¡gordo, gordo, quédate aquí! ¡Quédate aquí.

El que no se reconoce en este verso del poema "Nocturno a mi barrio", magistralmente interpretado por Roberto Goyeneche y su autor, Aníbal Troilo, es que no tuvo barrio. O que es lo mismo decir, no tuvo infancia. El barrio, la infancia. Una simbiosis imposible de desligar.

Cada vez que vuelvo a mi esquina, se me vienen como en avalancha los recuerdos, y me veo de pronto de pantalón corto. Aquellos rostros, aquellos almacenes, la farmacia, el peluquero, la carnicería, el club, la pista. Seres y cosas que ya forman parte de nuestro pasado. La esquina colorada, de "la" Cereceto y San Miguel. Ambas, ahora "ex", porque les cambiaron el nombre, pero, como dice el "Gordo", a la cual siempre estamos volviendo.

Estas obras son un bálsamo que lamen la herida de las difíciles horas en que vimos caer los árboles, las viejas paredes, desaparecer el canal bajo el lomo, de la hoy amplia avenida Ignacio de la Roza. 

Nueva iluminación

Con más razón cuando, como los otros días, fuimos convocados para ver como "las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja", se habían multiplicado por el sano afán, incontenible, del progreso. "Una hilera de focos" ("Garúa") pero de luces modernas, fulguraban sobre una de sus veredas. La que va desde donde está, aún, la casa del querido "Huevo" Gutiérrez, hasta la Centenario. Esa casa donde cenaron alguna vez los integrantes del "Rey de Copas", Independiente, en los "70.

Estaban las autoridades de la Municipalidad de Rivadavia y de otros organismos, ofreciéndonos a los antiguos habitantes de ese barrio, los bonitos adelantos hechos en la esquina, "Portal de Rivadavia". Entonces se te mezclan los sentimientos. Orgullo por lo nuevo, y nostalgia por lo que ya se archivó en el álbum de nuestras más recónditas memorias.

Pero algo fue rescatado. Algo fue extraído desde donde se acumulaba como un cachivache más, y volvió a pararse en la esquina. Solemne, austero, firme, como un centinela de las emociones que antaño se le depositaban en forma de carta. El viejo buzón. Debajo del cartel que indica "Esquina Colorada", lo pusieron. Recién pintado y dan ganas de abrazarlo. Como cuando don Adán veía como se consumía el día, apoyado interminablemente en él. 

Obras nuevas para una zona histórica

Hace tiempo que la venía remando el "Pirincho" Gómez, que se quedó como de guardián por aquellos pagos, para que se "hiciera algo" en nuestro lugar querido. Estas obras son un bálsamo que lamen la herida de las difíciles horas en que vimos caer los árboles, las viejas paredes, desaparecer el canal bajo el lomo, de la hoy amplia avenida Ignacio de la Roza. Pero no somos como aquel otario que en el pasado quiere quedar. Nos gusta verla moderna, de calles amplias, bien iluminadas, como una apuesta por el futuro de los que vienen detrás. 

Dejo estos versos que me hizo llegar el "flaco" Osvaldo Villalba, que hace años vive en Mendoza: "Permiso les pido, a ustedes que se quedaron, con la flama colorada sellando su presencia, para que la leyenda continuara. Recuerdo. Se llevaron las sombras que pintaban mis siestas, en mis veredas embaldosadas. También mi pericana, raíces jamás arrancadas, ni por el progreso ni el viento zonda. Siempre atrapa recordarla. ¡Hay!, amado terruño, que amargura verte deshojado. Pero ahí está, todo vivo y bien plantado, el árbol que dejó su huella, en mi cuerpo desgarbado. Trepado allá, bien arriba, con otros más locos, a ver a Del Bono, con la esperanza puesta en los corazones, y la gloria de que ganara. Así pasó sin temor, por el piolín de los días, el volantín remontado que me llevaba lejos. Y de ti barriada, entrañable y querida, por siempre mi enamorada. ¡Hay, Colorada!, esquina de mi vida. San Miguel y Cerecetto, punto cardinal, de sueños y recuerdos. En la luz de tu tiempo, guardas imborrables secretos, y el rodar de la lágrima, que nuestras canas delata, me acompañan siempre, en el paisaje del alma". 

 

Por Orlando Navarro
Periodista