El número de regalos ofrecidos al niño Dios en Mateo 2:11 (oro como rey, incienso como Dios y mirra como hombre mortal), hizo que muy pronto la representación artística e iconográfica haga aparecer tres reyes magos, uno por cada don ofrecido.

 

 Para los creyentes la llegada de los Reyes Magos para adorar al Niño Dios, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, es uno de los eventos más significativos para la niñez. Está cargada de amor, inocencia, paz, alegría y tantas otras emociones bellas que se manifiestan en el ofrendar a ese Rey que nació en un pesebre. Es así que en el transcurrir de los tiempos, esta ofrenda de amor se brinda a los niños por medio de regalos, como son los juguetes. Desde los más sencillos hasta los de moda o sofisticados. Pero eso no tiene importancia, sino más bien, el ver la alegría de los pequeños, su inocencia y la belleza de sus sonrisas que transforman la atmósfera de las familias en un pedacito de cielo en la tierra. Es ese común denominador en cualquier país de fe cristiana. En esta fecha del 6 de enero se cumple también una palabra que dijo Jesús: "Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de ellos es el reino de los cielos”. Es precisamente esa acción la que motiva a los adultos que, alguna vez fueron niños, el de honrar a los pequeños, porque es preciso tener esa pureza de corazón para darnos cuenta de la importancia que tiene la niñez y en la cual los adultos deben cuidar ese tesoro con el que Dios bendijo a los padres. 

LO QUE DICE LA BIBLIA

El episodio está narrado en el Evangelio de San Mateo, capítulo 2, versículos 1 al 12: Lo primero que llama la atención es que en ningún momento se habla de reyes. Pero la tradición cristiana vio cumplida en esta narración lo anunciado en el Salmo 72 (71), vv. 10-11, que habla de un Rey Mesías al que los Reyes le traerán regalos, y ante el cual se postrarán para adorarlo. Tampoco se dice el número, pero el número de dones ofrecido en Mateo 2,11 (oro como rey, incienso como Dios y mirra como hombre mortal), hizo que muy pronto la representación artística e iconográfica haga aparecer tres reyes magos, uno por cada don ofrecido.

Además, esto coincidía con el número de razas conocidas, y así la manifestación universal a todos los pueblos de Jesús significada por esta fiesta de Epifanía (gr: manifestación), incluyó al blanco europeo, al negro africano y al amarillo achinado asiático.

Una estrella conducía a estos magos astrónomos, ciencia milenaria en oriente, que estudiaba la conjunción de los astros con mucha exactitud. Los mejores estudios señalan que serían sacerdotes persas, principalmente observando su devoción y esmero hacia el Salvador que no conocían ni esperaban:

Según el astrofísico Kepler y los jesuitas que lo seguirían después con sus observatorios, la estrella brillantísima vista por los magos se repetiría algunas veces en el transcurso de nuestra era (Mateo 2,9): es una conjunción de Saturno y Júpiter en la constelación de Piscis.

De acuerdo al significado antiguo de estos signos, Saturno era la estrella que guiaba al pueblo que estaba en Palestina.

Júpiter indicaba un gran Rey que habría de nacer, y la constelación de Piscis significaba la estrella del final de los tiempos.

Por lo que el significado de la estrella sería: "El Gran Rey del Final de los Tiempos iba a nacer en Palestina”. Y acuden a adorarlo: Seguramente una Luz mayor los ilumina.

Cuando preguntan los magos al llegar a Jerusalén al Rey Herodes por el recién nacido, éste convoca a los especialistas en la Sagrada Escritura, quienes luego de investigarla, responden sin titubeos que "en Belén de Judea” (Mateo 2,5) iba a nacer el Salvador, según señalaba el profeta Miqueas 5,1. Pero, teniendo la Biblia que lo anunciaba, no acuden a adorarlo.

En cambio, los magos, que seguían signos y circunstancias naturales, iluminados ahora por la Revelación, si van. Y habiéndose encontrado con Jesús, vuelven a su casa "por otro camino” (Mateo 2,12): Ninguno que se encuentre con Jesús puede seguir por el mismo camino: El encuentro con Él cambia y transforma: Es más, propone seguirlo, ya que Él es "el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14,6) y nadie va al Padre sino es por Él. Y signos, circunstancias y acontecimientos, pueden llevarnos hacia Él, como hizo la Estrella con los sabios de Oriente.
 

  • La noche de ilusión

 

La esperada llegada de los reyes magos es motivo de las primeras "mariposas en la panza” que siente el ser humano. Esa expectativa de un regalo que se pidió hace unos días al escribir esa carta con lápiz y con dibujitos de colores para hacerla más atractiva. Papá y mamá dan precisas instrucciones a sus hijos para la llegada de los reyes. Es por eso que hay que buscar un recipiente limpio para colocarle agua fresca, porque sin dudas que esos camellos que montan sus majestades están sedientos, luego de llegar al caluroso San Juan y de haber recorrido miles de kilómetros hasta llegar a casa. También hay que buscar pasto, porque de seguro que tienen hambre. No hay que dejar nada al azar. Los hermanitos, una nena y un varón, se ponen manos a la obra para que todo esté en orden para cuando lleguen los viajeros del tiempo. Allí, al lado del árbol de Navidad, está el pesebre, el agua y pasto verde y bien tierno para que esos camellos puedan comer y disfrutar. En otro costado, los zapatitos de los hermanos, bien limpios y ordenados, esperan los ansiados regalos. Sin embargo, hay un detalle que no se puede dejar de lado. Hay que irse temprano a dormir. Entrar en un sueño muy profundo y feliz. Esa es la condición que pusieron los tres reyes para dejar esos regalitos añorados.

La inquietud es tan grande que cuesta conciliar el sueño. Hasta que papá y mamá les dan unas palabras de amor y un beso en la frente. Pronto los hermanitos se duermen con la confianza de las palabras dichas por sus padres de que los reyes llegarán a casa.

La noche avanza y el sueño profundo hace soñar a los niños que descansan con sonrisas dibujadas en sus labios.

Con las primeras luces del alba y el canto de los pájaros, los niños se despiertan inquietos. Sin pensarlo y más rápido que cualquier otro día, saltan de sus camas y van directo hacia donde colocaron sus calzados, el agua y la comida para los camellos. 

Una sonrisa desborda los rostros de los pequeños al ver los regalos sobre los calzados. No lo podían creer. La alegría era tan grande que costaba abrir esos regalos, hasta que los abrieron y no pararon de gritar, saltar y de abrazar a sus padres. Luego miraron y no estaba ni el pasto ni el agua. Los camellos se saciaron de esa rica chepica sanjuanina y el agua tan cristalina y fresca como de un manantial en pleno desierto. La alegría es desbordante para toda la familia. Así es la noche mágica de los tres Reyes Magos.

 

Gustavo Daniel D’Apice 
Profesor de Teología 
Pontificia Universidad Católica (UCA)
y Redacción DIARIO DE CUYO