Gilles Lipovetsky llama "época del posdeber" a la época en que ya no se siente el peso de la obligación moral en los actos humanos. Esta época se caracteriza por formas muy particulares de vivenciar los valores. En primer lugar, hay una dualidad en la estimación o juicio moral respecto de ciertos aspectos de la vida social. Por ejemplo, hoy se tolera a los enfermos de SIDA y el matrimonio homosexual mientras que se trata con dureza a ciertas clases sociales, culturas o razas. Es la dualidad tolerancia-dureza.

Además, existe cierta transparencia en cuanto a expresar los propios pensamientos y elecciones morales. Se dice, por ejemplo, "sí, soy egoísta, soy individualista, soy como soy". No se experimenta vergüenza ni culpa al decirlo.

En tercer lugar, se observa una actitud moderada en cuanto a decir o actuar respecto de la moralidad. O dicho de otra manera: no nos jugamos mucho por valores o ideales morales. No se ven conductas heróicas ni juicios intransigentes respecto de las acciones morales propias o ajenas.

Existe también una cierta compasión por lo que les sucede a los otros pero que no va acompañada de solidaridad, como cuando vemos en un noticiero de TV alguna noticia de tragedia. Nos conmovemos a distancia. Lipovetsky llama a esto "piedad televisiva", sin acción solidaria.

No obstante, pese a esta situación moral, seguimos valorando, aprobando o reprobando actos humanos; lo cual revela que en nosotros existe una dimensión moral. No hace falta ser un gran tratadista de ética para saber y hacer lo que está bien, pero tampoco hay que subestimar el análisis que pueda hacerse respecto de las acciones libres de los hombres. Ciertas modas intelectuales, ciertas pedagogías y psicologías subestiman el análisis moral y tienden a evitar todo lo que interpela moralmente. Las nuevas producciones artísticas y culturales tienden también a hipnotizar la conciencia de manera que los logros personales ya no sean tanto fruto del esfuerzo. La felicidad se debe alcanzar sin mucho esfuerzo intelectual o volitivo, sin conflictos, sin mucha reflexión.

Valorar de nuevo el deber es difícil, máxime cuando la corriente parece llevar hacia lo contrario. Pero no hay que olvidar que la felicidad auténtica es mucho más que el sentimiento de bienestar o la satisfacción de impulsos. Se logra con ideales morales, con obligaciones, con elecciones conscientes y reflexivas.