Somos descendientes de la raza de Salieri. Invocando así a aquel músico del siglo XVIII, cuya envidia contra la genialidad de Mozart, habría sido, su fatal obsesión. Desconozco sí la relación entre Mozart y Salieri fue tan así. Me inclino a pensar que Salieri es ante todo un concepto: "la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento" (Jackson Brown) Pero cuenta la historia o la leyenda vuelta historia, que su obsesión le llevó a envenenar al extraordinario músico austríaco. Envidia y asedio u obsesión suelen recorrer de la mano, el camino del mal. Lo cierto es que, en la excesiva emulación por los logros ajenos está la raíz de la envidia. Las sociedades excesivamente competitivas, separadas del orden moral son el mejor caldo de cultivo para este mal. 

El Síndrome Salieri

Hay quienes actúan como sí estuviesen marcados moralmente por el síndrome Salieri: se envidian los dones de los otros y se deja de buscar y progresar en los propios. Hay como una doble dimensión de este síndrome: la negación de los dones que tenemos y el desprecio del otro por aquello que tiene y nosotros carecemos. El dolor, entonces, se duplica. Sufro por los logros alcanzados por otros y por los que yo no logro. Como decía Napoleón Bonaparte: "La envidia es una declaración de inferioridad".

Hay mucho de daño autoinfligido e ingratitud en la persona del envidioso. Una atenta reflexión nos permitirá advertir que, junto a las debilidades de nuestra condición creatural anida en nosotros, en distinto grado y número, dones que nos han sido dados gratuitamente. Luces y sombras de nuestra naturaleza humana. Y en vez de agradecer los talentos gratis dados, caemos en la peor de las tormentas: la envidia. Quien se deja habitar por ella, sabe de la tristeza, dolor, frustración, hostilidad y rabia que provoca. Y no son sólo palabras volcadas en una hermosa canción de León Gieco (Los Salieris de Charlie, 1992). Hay algo de cierto en sus estrofas. Por envidia somos capaces de robar las melodías ajenas (de Charlie, en este caso) o tirar abajo los sueños del otro. Es un sentimiento negativo para la convivencia humana. Pensemos que el envidioso no se conforma con tener aquello que otro posee, además intentará provocar un daño a la persona que tiene lo que él, tanto envidia. En una palabra: sufre y hace sufrir. Sin embargo, lo que más me preocupa es la incapacidad para identificar los talentos propios que padecen las personas envidiosas. Siempre he pensado que en este desconocimiento hay una gran cuota de ingratitud. Nunca podremos agradecer aquello cuya existencia negamos.

La envidia no es neutra

Muchas veces se dice, y creo yo, más por repetición que por reflexión, que hay envidias sanas e insanas. Personalmente, entiendo que la envidia siempre es una actitud contraria al bien. Pensemos que cualquiera fuese su objeto, la envidia es una emoción que se asocia a la destrucción y daño del otro. De alguna manera, la envidia muestra pequeñez de espíritu. Lejos de la alegría y gozo espiritual que debe provocar los logros del otro, la envidia es tristeza y pesar por el bien ajeno. En el fondo, es una falta contra la caridad. Mal podríamos calificar la envidia como moralmente neutra.

 La negación de lo propio 

Tuve oportunidad de comprobar esta especie de ceguera ante los talentos propios. Fue en un taller que organicé con alumnos universitarios, una tarde de un ya lejano otoño. La consigna tenía dos instancias. En una primera, debían enumerar y jerarquizar de mayor a menor grado, los talentos propios que los distinguían. Luego, en una segunda instancia, debían enumerar y jerarquizar los dones ajenos que carecían y desearían tener. El resultado me sorprendió realmente. Pocos dones reconocidos como propios, en algunos casos ninguno y muchos por emular. El tema de la clase era "Los talentos". Terminamos hablando de la autoestima y del peligro de las sociedades deshumanizadas y excesivamente competitivas. "El viento sopla donde quiere", pensé casi intuitivamente (Juan 3, 8) Por las dudas, no cerré las ventanas del aula aquella tarde. 

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo