La memoria de un pueblo se nutre de innumerables hechos que jalonan su historia. Evocar el pasado y quienes dejaron huella en él, no es un simple acto de nostalgia sentimentalista, sino para recoger el legado histórico y construir sabiamente el presente.
Los héroes argentinos que marcaron el ayer de la patria, se han caracterizado en general por un espíritu magnánimo y generoso. Se trata de dos virtudes que en los tiempos actuales que nos toca recorrer, deben asumirse como un desafío. La magnanimidad es lo contrario al egoísmo, y por eso va unida al bien común, que es el fin de la política y la base de desarrollo de los pueblos. La generosidad se contrapone a la avaricia e implica alegría en el compartir para encontrar el sentido del vivir.
Eso fue lo que encarnó la figura que hoy recordamos, al evocar los 159 años de la muerte del Gral. José Francisco de San Martín; ese militar argentino cuyas campañas fueron decisivas para las independencias de Argentina, Chile y Perú. Su corazón abierto y apasionado por la libertad de los países por los cuales trabajó, lo llevó a señalar: "Divididos seremos esclavos; unidos estoy seguro que los batiremos: hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con honor".
Cuando comenzó a delinear su campaña libertadora, había razones objetivas para temer que su ambicioso proyecto terminara en un fracaso. Organizar un ejército partiendo prácticamente de la nada y en medio de severísimas adversidades políticas y económicas, cruzar con esas tropas y con los escasos recursos de la época, la cordillera de los Andes, expulsar de Chile a las fuerzas españolas, embarcar a sus efectivos en una flota, navegar hacia las costas peruanas y apoderarse de Lima, el gran baluarte del poder virreinal todavía subsistente, parecía más una quimera que un proyecto militar. Si ese criollo nacido en Yapeyú, no hubiese concebido ese plan, cargado de dificultades, la emancipación de América habría quedado en ese momento histórico, como un sueño sin cumplir.
Esa es la enseñanza que los argentinos debemos extraer de la epopeya sanmartiniana. El pueblo argentino necesita dejar de lado resentimientos y enfrentamientos ideológicos que lo debilitan, para fijarse metas elevadas.
Como San Martín en las inciertas horas en que el ideal revolucionario empezaba a tambalear, los argentinos de 2009 necesitamos confiar en nuestras propias fuerzas, templar nuestra fe y juntos trazar proyectos esperanzadores que nos permitan superar la situación económica, social y política en que nos encontramos.
