El art. 181 del Código Penal establece que "Será reprimido con prisión de un mes a tres años… el que por violencia, amenazas, engaños, abusos de confianza o clandestinidad despojare a otro, total o parcialmente, de la posesión o tenencia de un inmueble o del ejercicio de un derecho real constituido sobre él, sea que el despojo se produzca invadiendo el inmueble, manteniéndose en él o expulsando a los ocupantes".

Un grupo de alumnos secundarios minúsculo ha tomado por la fuerza treinta escuelas de la Ciudad de Buenos Aires, invocando no compartir las reformas educativas que el gobierno de esa ciudad ha anunciado que aplicará. Si bien los establecimientos no representan más del 6% de los existentes en ese distrito, el daño que han causado a quienes no comparten esa metodología y que quieren seguir estudiando, es mayúsculo. Pero más lo es el que infieren a las instituciones y la imagen del país, erigiéndose en explícitos abanderados de la violencia, el capricho y la insensatez.

La reforma que se implementará se basa en la Ley Federal de Educación de 2006, llamada Ley Filmus (por su autor), quien ahora, insólitamente, justifica la usurpación de las escuelas alegando que no se ha consultado a los alumnos.

Sobre esto hay que señalar que el derecho a participar de las decisiones en la enseñanza corresponde a todos los claustros, incluidos los alumnos representados por sus centros de estudiante, con exclusión de los secundarios porque la ley considera que legalmente no tienen legitimación para compartir decisiones educacionales, ya que aún no poseen la madurez y preparación suficiente para semejante rol institucional.

La reforma en ciernes cuenta con el aval de casi todo el espectro político: el gobierno, porque adopta preceptos de la ley dictada por el kirchnerismo; éste porque es su ideólogo y el massismo y demás partidos del campo popular, salvo la izquierda, porque así lo han proclamado.

O sea, un grupo de estudiantes que carece del derecho a la participación legal vinculante en las decisiones educacionales, se arroga por la fuerza el derecho de tenerla y usurpa escuelas, algunos las saquean y destrozan, contrariando el pensamiento de la gran mayoría de los argentinos y burlando la buena voluntad de la ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, que los convoca y escucha respetuosamente.

Este bochorno que nos mancha ante el mundo, no puede entenderse si no se dice con todas las letras que detrás de los chicos hay padres que se esconden tras la indiferencia y mayores que los utilizan por razones partidarias emparentadas con el momento electoral, resultando cómplices de diversos ilícitos; pero, lo más grave, participes de una farsa que toma como rehén a la educación. Lejos del ideario del gran Sarmiento, estos personajes aún sustentan la barbarie que el enorme sanjuanino combatía, hoy traducida en desprecio descarado a la escuela pública.