La educación como toda la humanidad ha dado un vuelco inesperado en este último mes. Nuestros parámetros y formas de pensar los contextos educativos han cambiado drásticamente. Los fines de la educación, los instrumentos, canales y formatos de educación, como así también las grandes pedagogías están atravesando una transformación difícil de eludir. Estas propuestas y cambios ya habían sido anticipadas por gran parte de filósofos y pedagogos contemporáneos. Muchos de ellos nos hablaban de una época líquida. Una metáfora de un período histórico que debe preparase para la mutación y la adaptación. Estos autores hacían referencia a lo "líquido" por la característica física de este elemento. Lo líquido se adapta al recipiente que lo recibe y no opone resistencia. El agua que vertimos en cualquier recipiente adquiere la forma de este y por eso es el mejor elemento para una adaptación al medio, al contrario, los sólidos son resistentes y no se pueden adaptar a ningún esquema diferente a lo que ya tienen fijado por ellos mismos.

Nosotros acaso con el Covid-19 ¿no debemos adaptarnos sí o sí? Muchos otros hablaron complementando esta idea de la educación para la incertidumbre, una adaptación que prepara para aprender a aprender constantemente y ante las modificaciones de las circunstancias.

El contexto actual ha introducido estos temas, ya no como conceptos o instancias de reflexión, sino como realidades esenciales para salvar la educación y, porqué no, como el modo de ayudar a la humanidad.

Nos pasó en estos días que de repente despertamos y encontramos que el mundo no es como nos lo habían definido.

La educación en este contexto deberá ser un espacio que aporte recursos para salir del fatalismo. ¿Cómo pensar la tarea de educar en las condiciones actuales? Lo primero que deberíamos lograr es sacar la educación de las garras de la lógica del mercado. No vendemos productos empaquetados a consumidores incautos a quienes intentamos seducir; no vendemos recetas para la sociedad de la eficacia y la competitividad; no somos asesores, no vendemos verdades ni respuestas.

Nuestras aulas deberán partir de la comprensión de los fenómenos por los que atraviesa la sociedad actual y encontrar formas distintas de habitar y de construir nuestra humanidad dentro de la modernidad líquida. Enfrentamos un contexto de incertidumbre. La educación es uno de los lugares en donde se puede y se debe fortalecer a los individuos para que asuman la ardua tarea de hacerse dueños de sus vidas. La educación posee dos pilares fundamentales: fortalecer las libertades individuales y favorecer el respeto de la libertad del otro. Una educación no comprometida con la libertad no debería llamarse educación. Podrá ser transacción, propaganda, negocio, asesoría, receta es cualquier otra cosa, menos educación (Barrios, 2013, pág. 182). 

Nos pasó en estos días que de repente despertamos y encontramos que el mundo no es como nos lo habían definido. ¿Quién nos había definido un mundo cierto, previsible y durable? La respuesta a dicha pregunta es obvia: la educación.

Quizá no es el mundo el que ha cambiado, sino los ojos con los que lo estamos mirando. Por mucho tiempo hemos soñado con un mundo sólido (una sólida economía, un sólido y previsible trabajo, salud y por qué no también la educación, todo en moldes estáticos). En una modernidad líquida e incierta, la educación y su contexto se quedó estancada, repitiendo conceptos que hoy no sirven para nada.

No es momento de buscar culpables, pero sí de entender los "porqué" de este hecho. Tratar de armar un contexto de certezas y de principios estables que dejen asegurado nuestro futuro no debe volver a entramparnos.

 

Por Jorge Ernesto Bernat
Licenciado en Filosofía y Especialista en Enseñanza de la Educación Superior