Cada vez que en el ámbito de la educación se adoptan medidas que erradican el esfuerzo, se consolida la cultura del facilismo. En cualquier caso, la comunidad educativa en su conjunto, en la que se encuentran los padres, debiera instrumentar lo necesario para que la educación pueda cumplir con el objetivo de desarrollar capacidades, valores y actitudes que le permitan al alumno organizar un proyecto de vida y contribuir al desarrollo del país.
Para ello es necesario, entre otras cuestiones, recrear en la juventud los valores del esfuerzo y de la exigencia personal, condiciones básicas para la mejora de la calidad del sistema educativo. No pocos alumnos avanzados en sus estudios primarios no saben leer, desconocen qué es la historia o la geografía y en el otro extremo, estudiantes universitarios no logran interpretar un texto ni hacer una sinopsis, usan apuntes, no manejan bibliografía y acercarse a una biblioteca supone una insólita aventura.
¿Cuándo se inicia esta decadencia? La respuesta es inapelable; cuando hace cinco décadas en el proceso enseñanza-aprendizaje se introduce, subrepticia, lenta pero progresivamente el facilismo y la demagogia, herramientas fundamentales para abrir el camino de niños y jóvenes hacia la mediocridad y el fracaso.
Construir una nación que abandone su adolescencia implica dejar de lado las teorías hedonistas que suponen alcanzar el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo que, lamentablemente, desde la sociedad se les transmiten a los más jóvenes sin tener en cuenta sus graves consecuencias futuras.
La cultura del esfuerzo es una garantía de progreso personal, porque sin esfuerzo no hay aprendizaje. Alexis de Tocqueville dijo, allá por el siglo XIX, que sólo cuando la libertad es muy antigua pueden advertirse sus beneficios. Al proceso educativo debe aplicarse la misma sentencia, sus frutos aparecen en el largo plazo, de ello surge la necesidad imperativa de cambiar el rumbo y marchar rectamente al rescate de una educación que enseñe a pensar, a comprender y a valorar los principios que tornan digna la vida.
De cara a los tiempos que vienen, donde el conocimiento será como nunca, en el largo discurrir de la humanidad, la única palanca para el ascenso personal y social, toda reforma educativa que aspire al destierro de lo pedagógicamente anacrónico pero no enraíce en la cultura de la responsabilidad y del trabajo intelectual permanente, forjará sólo individuos amorfos y gregarios, jamás hombres libres y ciudadanos militantes de la democracia.
