Entre las tantas cosas admirables de los tres años de pontificado de Francisco, no hemos de olvidar la primera encíclica en la historia del cristianismo acerca del cuidado de la casa común: la tierra. Salida de sus propias manos y de su corazón, y en rigor, ‘su” primer encíclica, ya que la anterior ‘Lumen Fidei”, había sido confeccionado a ‘cuatro manos”, contando con el original escrito por Joseph Ratzinger.
‘Alabado Seas” (Laudato Si’) es la extensa reflexión que se desarrolla en torno al concepto de ecología integral. ¿Qué se entiende por ello? Se trata de un paradigma capaz de articular las relaciones fundamentales de la persona: con Dios creador, consiga misma, con los demás seres humanos y con el mundo creado. ¿Qué mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo? ¿Para qué nos necesita esta tierra? La hemos descuidado tanto que ‘gime dolores de parto”, para expresarlo con términos de san Pablo.
La encíclica consta de 6 capítulos y la óptica novedosa es abordar la cuestión ecológica en la estrecha relación entre la pobreza, la fragilidad del planeta y la globalización.
El camino inicia por la escucha de la situación a partir de los datos más serios que la ciencia nos brinde. Escuchamos así el ‘grito de la tierra herida”. ‘En la actualidad, la quema cada vez más acelerada de los combustibles fósiles que alimentan la economía alteran el delicado equilibrio ecológico de la tierra en una escala casi insondable” dijo el cardenal Peter Turkson, de Ghana, miembro de círculo de consultas del Papa. Un ejemplo: la quema de bosques disminuye la biodiversidad, disminuye la producción de oxigeno y hace crecer la desertificación a un promedio equivalente a la superficie de Portugal, unos 60.000 km2.
Una actitud consumista, expresado en los verbos tener y gozar, llena de individualismo, no nos lleva a buen puerto. Es sabido que países con solo el 25 % de la población mundial, consumen el 75 % de toda la energía empleada, el 79 % de todos los combustibles comerciales, el 85 % de toda la madera y el 72 % del acero producido. Países con solo el 5 % de la población mundial son responsables de la emisión de más de un cuarto del gas que produce el efecto invernadero.
La tierra es una hermana y madre. ‘Esta hermana protesta por el daño que le hacemos por el uso irresponsable y el abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella” (nº 2)., expresa de modo contundente el Papa.
Problema moral. Sin duda se necesita un cambio en el modo de relacionarnos con el ecosistema. ‘Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica… contribuyan al cambio climático…contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados” (nº 8). Pecados ecológicos que cometemos a diario y se los dejamos como herencia negativa a nuestros hijos. Parafraseando a Albert Einstein, cuando Dios hizo al mundo, no estaba jugando a los dados. Hay amor y providencia divinas.

Encuentro en este valioso documento un eje temático que retorna: la íntima relación existente entre pobres-ecología-globalización. Un mundo devastado, sin bosques, con aguas sucias, es un ‘plus” de vulnerabilidad para los más pobres. Menos recursos naturales y más dispendio, significan menos oportunidades laborables y más pobreza. Por eso es tan cierto aquello de ‘Grito de la tierra; Grito de los pobres”.
Es indispensable un consenso mundial que lleve por ejemplo, a desarrollar formas renovables y poco contaminantes de energía, a programar una agricultura sostenible y diversificada (la India ha crecido en esto de la mano del Nobel Ing. Norman Borlaug, quien fuera desde los años 70, ministro de agricultura), promover una gestión más adecuada de los recursos forestales y marítimos, asegurar el acceso al agua potable (desde 1990, más de 2 mil millones de personas obtuvieron acceso a agua potable básica y 116 países alcanzaron la meta que propone la FAO, pero más de 700 millones de personas aún permanecen sin acceso a fuentes mejoradas de agua potable, casi la mitad en la castigada Africa subsahariana). Hay que tener en cuenta que en el siglo XX, el uso del agua aumentó en más del doble de la tasa de crecimiento demográfico, por tanto zonas enteras de Africa se verán afectadas aún más por la escasez. La agricultura es el mayor usuario del agua en el mundo, representando casi un 70 % de las extracciones del agua. Por ejemplo, para lograr el resultado de un litro de vino, se necesitan 1.200 litros de agua; para obtener un de kg de carne bovina, más de 2.000 litros de agua. Todo hemos de cuidar de este noble recurso.
Hay decisiones urgentes que no pueden esperar. Y para salir de la espiral de autodestrucción en la que estamos sumergidos, no se pueden esperar esfuerzos aislados. Pero ello no impide que, como dice Francisco, cada uno se anime a ‘convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar” (n º 19).