El alma es lo que le constituye sustancialmente porque de esa naturaleza dimana la vida humana y allí radica el gobierno de sus energías psíquicas y orgánicas. Es un todo espiritual y material, conceptos de los que no podemos prescindir cuando desde cualquier estamento o espacio jerárquico definimos o decidimos la relación humana. No debe tronar a suficiencia que desde la columna de un diario destinado al análisis cultural desde aspectos profundos de la vida, exista un pronunciamiento en el marco del deber ser, porque ese es el anhelo que da formas a un modo sincero y eficaz de prodigarse. No para corregir desde la altanería sino para inducir desde la humilde visión cosmogónica a la que sí aspiramos en el afán de ser útiles y necesarios en el medio, porque ello tiene relación con objetivos que son trascendentes.

Alguna vez, para no equivocarnos en la oportunidad de su expresión, echamos mano a un viejo adagio que balbuceaba "di lo que hace falta, a quién le haga falta y cuando le haga falta”. El "qué” y el "quién” no es lo que debiera preocuparnos sino el cuándo porque se lo considera permanente en tanto existan quienes se interesen por el tema y tengan la visión histórica para asumir la responsabilidad de la hora. El mundo está concluyendo en esta vorágine sin precedentes que en su nuevo trasvasamiento generacional está cometiendo el grave desatino de "’tirar un viejo por la ventana todos los días”. En ese espacio del hacer los argentinos corremos el riesgo de caer en un "desatino apresurado” sin el grado paulatino que permite la consecuencia, sin meritar el costo ni el riesgo que puede equivocarnos al confundir "progresismo” con apresuramiento. Los grandes temas no deben ser el resultado del pensamiento de unos pocos porque hay una dignidad en el planeta que es receptora ineludible del acierto o del error de las resoluciones que graban la posteridad, y que generalmente, son el resultado del acto político de los gobiernos, a los que debe exigirse la eminencia, más aún en el marco de la democracia que requiere también del progresismo, inclusivas formas de participación e integración. Es esa dignidad que exige lo suyo "aquí y ahora” en el entendimiento de la razón y la justicia, para no satisfacerse mañana desde la rebeldía ni desde la transgresión. Por esa condición del ser, deben analizarse con detenimiento cada uno de sus elementos (de esa dignidad) para poder comprender la trascendencia de su existencia y de su fin. Sin estos parámetros, ningún gobernante alcanza la eminencia porque pierde la visión estratégica del futuro y se excluye de la previsión, que es pertenencia cualificante de quien maneja la cosa pública. Gobernar es resolver para los pueblos. Gobernar bien, es resolver en la medida del conocimiento de la dignidad de los pueblos.

Es decir, sin estos conocimientos esenciales sobre el hombre, el gobernante no puede dar en el blanco, o sea, jamás protagonizará el acto justo. En ese todo espiritual y material, si bien se ha definido al hombre como un ser racional, dotado de cuerpo y alma. Sin embargo, la más acabada concepción como persona humana es que, fundamentalmente, se trata de una dignidad, en constante forcejeo en su búsqueda constante de justicia. Así de simple.