La Sala Civil del Tribunal Superior de Justicia de Neuquén le otorgó a la familia de Marcelo Diez, que se encuentra en estado vegetativo desde 1994, la potestad de decidir sobre su vida. Los jueces concluyeron que el pedido de una muerte digna para Marcelo "debe resolverse en el ámbito intrafamiliar, no requiriendo autorización judicial”, por lo que aclararon que le corresponde al tribunal expedirse sobre el tema.
Desde estas columnas nos hemos pronunciado muchas veces sobre el tema de la eutanasia, siempre en favor del derecho a la vida y su más celoso respeto, en casos tan sonados como los de Karen Quinlan, quien vivió 10 años después de desconectada, y Terri Schiavo, en los Estados Unidos; el caso Welby, en Italia, o, en sus aspectos más siniestros, el del Dr. Muerte, condenado en los EEUU por ayudar a morir a 130 personas que no tenían cura.
El tema es ciertamente complejo y las opiniones contrapuestas no dejan de tener un fuerte componente emocional. Los médicos se resisten a tomar decisiones que puedan colocarlos en conflicto moral, o en violación del juramento hipocrático, o aun en situación delictual, pues entienden que desconectar sin autorización legal podría equivaler a matar. Es el concepto del "encarnizamiento terapéutico”, definido como el abuso de medios para la prolongación de la vida más allá de lo razonable cuando se tiene la convicción de que son sólo remedios artificiales, para mantener una situación irremediable. Es el pretender prolongar la vida a toda costa sabiendo que los medios empleados no mejorarán el estado terminal del paciente.
Es un atentado a la dignidad del paciente porque afecta su condición de ser humano. Es una situación a la que no debería sometérselo. Obviamente, la muerte también atenta contra lo más precioso del ser: su existencia. No es posible cortar o suspender la hidratación, alimentación e higiene, pues son bienes que toda persona tiene derecho natural a recibir. Pero, en cambio, no sería reprochable suspender tratamientos cuya prolongación sólo implique una postergación de lo inevitable.
En otras palabras, no es posible atentar contra la vida, pero, dadas las circunstancias, es aceptable que, manteniendo siempre las prestaciones naturales señaladas, se permita que por fin llegue la muerte. Se tratará siempre de no atentar contra la vida, pero permitir la muerte con dignidad.
