En los países centrales, los deslindes son nosotros o ellos, pero éstos son siempre ajenos. En los países marginales, "ellos" son sectores internos. Además, los dilemas son sofisticados o rudimentarios. Modernos o arcaicos. En los grandes países el "mal" son los Estados que alientan la proliferación del armamento nuclear y, por tanto, amenazan la paz mundial. ¿Quién puede discutirlo? En los Estados secundarios el "mal" son los cipayos, la oligarquía u otras categorías añejas. Y hasta una cadena de supermercados. La mera introducción de este tipo de proclamas genera más división y ahonda el conflicto interno. Y, para colmo, desprestigia hacia afuera.
¿Puede seriamente sostenerse que las cosas son a esta altura de nuestra experiencia "blancas o negras"? Tomemos la cuestión sobre si conviene que el Estado se haga cargo de las empresas estratégicas o lo hagan los privados. En la Argentina vivimos los dos escenarios y ambos son deficitarios e insatisfactorios. Cuando el Estado asume la propiedad rige el funestísimo "es de todos, no es de nadie". Cuando lo hacen los particulares, es para el aciago: "’es mío, hago mi interés y punto". En el primer caso, nos falta en absoluto el valor cultural sobre el patrimonio común. El ejemplo más asequible es el vandalismo en el espacio público: lo ensuciamos con gozo, lo usamos abusivamente, lo deterioramos y hasta lo apropiamos. En la otra situación, aprovechamos toda la cuantiosa inversión pública previa, le extraemos todo su jugo y cuando la cosa se torna exangüe y hay que ponerse a invertir, se la reintegramos al Estado. Además, cualquier inversión que se haga esencialmente proviene de crédito o subsidio público. Raramente es con dinero fresco, genuino.
Lo relevante es la relación entre los gobiernos y las instituciones en los países poderosos y en los otros.
En las naciones desarrolladas es inconcebible que el Congreso tenga un receso compulsivo en su función de control. Y que el Ejecutivo dicte una ley -bajo la pantalla de "decreto de necesidad y urgencia"- a sólo cuatro días de la conclusión del período ordinario legislativo. Si era necesario y urgente, ¿por qué aguardar al fin de las sesiones? Si la ley establece que la Comisión Bicameral que debe examinar ese tipo de decreto debe reunirse "de inmediato", ¿cómo se interpreta que esa inmediatez son tres meses?
En los primeros países las instituciones no se elastizan ni manosean. No se acomodan a la conveniencia del gobierno. En los otros, toda interpretación, hasta la más retorcida, es válida para abrirle compuertas a la discrecionalidad y para gambetear a la ley y al control. De esto deriva cómo obra la ciudadanía en el llano. En aquellos países la ley está para cumplirse, en éstos para hacerle trampa. Llegamos así a la médula del problema suburbano del orbe. No hay ley, vale decir que domina el más fuerte o el más "vivo". Aunque se emboce como el agente del progreso contra la oligarquía. Hace lo que quiere o se le antoja. Y ningún país puede prosperar si alguien, máxime con poder, hace lo que se le viene en gana y no está sujeto al control institucional.
Es tiempo que abandonemos la descalificación del contrincante, para que nos apeemos de la tendencia enfermiza de revolver el pasado, al lanzar diatribas, de justificar con el sombrío 2001 todas las demasías, enormidades, desmadres y desquicios de 2010 y años próximo pasados. Es momento para acordar, no para mantener trincheras. La única épica debe ser contra los verdaderos enemigos: la pobreza y el atraso.
Nos hace falta mucha pericia y buena dosis de suerte para enmendar nuestras falencias y así poder comprender que es uniendo y no dividiendo como lograremos producir desarrollos y avances. Requerimos gobernantes gozosos de los desafíos, pero no de cualquiera. No se trata de ver quién transgrede más al sistema institucional y legal, sino de quien lo cumple a rajatabla. Del reto de obtener lo que hoy por hoy parece casi un milagro: dejar al país mejor de lo que lo recibieron. Empero, no en estadística, ni siquiera verdaderas. Esa mejoría debe lograrse en los valores.
¿Qué fue el milagro alemán o el japonés? Fue la alta dosis de patriotismo, unidad de fines, una hoja de ruta con un programa de desarrollo y muchísimo y durísimo trabajo. Ni demagogia, ni arcaísmos, ni ideología llena de moho, ni gobernantes con ojos en la nuca. Como dijo Sebastián Piñera al ganar la presidencia, dirigiéndose al perdedor Frei: "Nos une el común amor a Chile". Así de simple.
¡Ojalá podamos decir y sentir que nuestros gobernantes son argentinos! Y que tienen más amor que enconos.
