Una casita antigua de la Villa Lanteri, custodia muchas de tus cosas, ahora seguramente adormecida de murmullos celestes. Una esquina de barrio auténtico se ha plantado a esperarte, mientras descifra tu guitarra confundida de tangos. Luego será la Ciudad, una escalera verde con destino de ausencias por allá por Libertador, donde la muchachada se juntaba a hilar zambas de Los Fronterizos o Los Quilla y -por puro vicio o gracia- a firmar en su herida caja la sufrida guitarra inmemorial que llamábamos "La Alevosa”.

Y luego las leyes (las de tu profesión y las de la vida), camino éste por donde transitaste jovial y sincero desmenuzando sonrisas fáciles, porque ese era tu cometido en la calle de los encuentros y la lucha cotidiana.

Dura pero válida batalla ésta de andar conciliando la contienda legal con la risa. Y aquellas noches de verano ardido en fervores de la adolescencia, juntando estrellas con el alma hacia arriba, en la vieja rotonda del Parque de Mayo; y las juntadas familiares para aprender a bailar folclore; y el fuego de veranos carmines, juventud en puño; y la derogada calle Victoria; y la política como romance, como sin duda mejor cuadra a seres sanos de espíritu; y tus milongas acariciadas por esa voz profunda tipo Edmundo Riveros; y tu mansedumbre jugada al paño de la vida como quien apuesta el destino sin sufrimientos ni tragedias, con mansedumbre, ese don de algunos privilegiados.

Y tu partida absurda como toda muerte, y el vacío hamacándose en columpios de carnavales derogados, épocas de Gary Cooper revolver y amores en mano, de los ojos infinitos de Sophía Loren, por donde el amor y la guerra se encaramaban a poemas cinematográficos; días de don Bernardo Razquin desentrañando humildemente el tiempo por radio Colón, y tus canciones buscando el sueño de no darse por vencidas; y aquellas tantas peñas sanjuaninas donde muchas veces estuvimos a punto de llorar ante los primeros aplausos, y vos en primera fila u otras veces integrando el conjunto "Las Voces del Sendero”, haciendo pata ancha en el Salón Pons, una noche que el negro Villa nos desafinó la guitarra y luego nos pidió perdón. Y las madrugadas en flor a la salida de la Boite del Casino, todos nosotros cantores y gorriones, estudiantes y noviecitos, hombres en ciernes, y todo eso, todo eso, todo eso, nada menos…

Chau, hasta una esquina poblada de "siempres”, querido amigo, "Gordo” Jorge Ocampo.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.