La multitud calculada en más de cien mil personas, reunidas en las calles porteñas para despedir emocionadamente a Raúl Alfonsín, y las setenta mil que pasaron por el Congreso de la Nación ante su féretro, merecen una lectura atenta.
Esa gente no eran todos radicales. La mayoría eran ciudadanos que desearon sumarse al cortejo fúnebre, pero de modo especial, reivindicar la concepción honesta con que el ex presidente Raúl Alfonsín concibió y ejerció la política. La sociedad argentina parece decidida a rescatar lo mejor del rico legado del ex presidente fallecido: el fundador de la aún endeble democracia argentina, el promotor de la paz y la integración regional, el impulsor del juicio a las juntas militares y del respeto a los derechos humanos, el líder austero y aferrado a sus convicciones. Esto no implica ignorar sus errores o desconocer las decisiones conflictivas que signaron su trayectoria. Tuvo, es cierto, un merecido aunque tardío reconocimiento oficial. Pero es probable que todos nos hemos quedado con más deseos de decirle muchas gracias. Seguramente la cabal dimensión de su estatura pública podrá finalmente advertirse cuando estemos dispuestos a aceptar que todos tenemos aciertos y equivocaciones. En vida se nos hace más difícil perdonar, ponernos en lugar del otro, tratar de entender, antes que juzgar, las pretensiones y los intereses de todas las partes involucradas en un determinado conflicto. A pesar de que en la tradición judeo-cristiana el perdón y la reconciliación tienen una enorme fuerza sanadora y liberadora.
La despedida de los restos del Juan D. Perón que hiciera el Ricardo Balbín, nos permitió comprender que en un sistema democrático la confrontación política requiere de la amistad cívica. El desafío iniciado por Raúl Alfonsín aún no ha culminado exitosamente. Pero no debemos dejar que nos domine la angustia y la ansiedad. El sostenimiento de los valores es lo que otorga sentido a las decisiones y hechos controversiales. El problema reside cuando esos valores se evaporan, quedando desplazados por la obsesión de acumular poder por el poder mismo. Allí la democracia pierde sentido, se diluye la lógica del diálogo y la negociación. Suele imponerse la fuerza, el capricho, la manipulación de las normas institucionales para el beneficio personal.
La Argentina acaba de despedir al líder más importante de esta transición a la democracia. Es de esperar que reverbere para siempre en nuestra memoria colectiva su voz emocionada cuando en plena campaña presidencial finalizaba sus discursos con el rezo cívico del Preámbulo de la Constitución Nacional, por cuya vigencia plena tanto luchó.
