La comunidad cristiana celebra este domingo la Pascua, anunciando una noticia antigua y siempre nueva, y es que Cristo ha resucitado. El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, sigue resonando hoy. Dejando la tumba vacía, que continua siendo meta de peregrinación en la Basílica construida por el emperador Constantino en el 335, Jesús derriba la losa del sepulcro y arroja fuera las vendas y el sudario, como signos elocuentes que ha vencido a la muerte y ha triunfado la vida.

Desde aquel momento la fe católica revela aquello que afirmaba el filósofo español José Ortega y Gasset: "la muerte no es la realidad última sino la penúltima”. Es que a partir de aquel día de Resurrección, el hombre ya no es, como afirmaba el filósofo existencialista Martín Heidegger, "un ser para la muerte”, sino un ser para la vida que no tiene fin.

Por su parte, también los judíos celebran desde ayer, y por ocho días, su Pascua. La fiesta de Pésaj, que se celebra desde hace más de 3200 años, recuerda la liberación del pueblo judío, conducido por Moisés, de la esclavitud de los faraones en Egipto y el paso por el desierto hacia la tierra prometida.

La celebración judía tiene su centro en cada hogar, donde las dos primeras noches se realiza el ritual Seder, con la lectura de la Hagadá, un orden de ritos, textos y plegarias que enaltecen al Creador, en la mesa familiar. "¿Por qué esta noche no es como las otras noches?”, preguntan los niños, y escuchan la explicación del sentido de esta fiesta. "Este año somos siervos, el año próximo seremos libres”, lee el jefe de familia. En estos días, se come pan ácimo, sin levadura, como señal de humildad, ya que los judíos debieron partir sin poder leudar el pan y también se toma una copa de vino, bebida que alegra el corazón.

Tanto una como otra celebración de Pascua resaltan el valor de la vida y de la libertad, como desafíos actuales para todos los argentinos. Nuestra Nación necesita que la vida en todas sus dimensiones sea respetada, promovida y defendida. De modo especial la vida naciente y la de los más vulnerables y excluidos. La libertad es un don y una tarea que como comunidad también debemos defender y promover por medio del diálogo.

Nadie es dueño absoluto de la verdad y para construir una vida más digna para todos necesitamos el consenso, la confianza y la búsqueda respetuosa de la unidad sin menospreciar la diversidad.