
Salió la pelota del corner. Un misil. Cuando la tuve a escasos centímetros de la cabeza, creo que le vi la costura de tientos. Por mi posición, yo debía cabecear, pero fue más fuerte que yo; agaché con el mayor disimulo la cabeza, lo suficiente para que ni me rozara y la pelota siguió de largo, pero sólo unos centímetros, y dio de lleno en la cara del "zurdo” Molina. "¡Yo creí que usted iba a cabecear, doctor!", me dijo con inocultable molestia. Su nariz enrojecida era elocuente.
Mucho tiempo se jugó al fútbol o al básquetbol con la famosa pelota de cuero cocida a mano y con tientos en el lugar donde iba la cámara de aire.
Una noche, los Reyes Magos depositaron una junto a nuestros zapatos y a otros juguetes; pero fue ella la reina de los regalos; no era fácil poseerla, y esto fue un acontecimiento, acostumbrados como estábamos a la de trapo o, en el mejor de los casos, la de goma que tan fácilmente se pinchaba y moría. La cuidamos como un tesoro o un animalito recién nacido. No puedo recordar cuánto duró, pero sí que cumplimos con todos los ritos para prolongar su preciosa vida: inflarla bien y, especialmente, engrasarla a la noche, porque eso prolongaba la vida del cuero. Aún hoy conservo en la memoria el olorcito del cuero engrasado. Hasta que la pelota se descocía, y aparecía la cámara como un vientre violado, la famosa "teta” a la que muchas veces se le colocaba un parche para evitar que se pinchara. Y luego comenzaba a pelarse y esas peladuras se llevaban en dolores el lugar de la niñez que compartíamos con ella; y así, entre grasa, parches, pinchaduras y desencantos, la infancia trepó los escalones de la vida, aprendiendo con esos simples símbolos que no todo era color de rosa a medida que crecíamos; que a la vuelta de la esquina podíamos descubrir una novia, pero otro día presenciar alguna desgracia, experiencias imborrables para cualquiera. Supimos que el camino es un aprendizaje constante; que hasta los últimos días algo nuevo nos asalta o nos enriquece.
La de cuero y tientos, a la distancia, es una reliquia en flor rescatada de días felices, animalito al cual le curábamos herida y amábamos; se regodea por los baldíos de la memoria y ya no nos permite ser sus salvadores, como cuando nuestras patadas o sus desventuras la marchitaban.
