En su reciente visita a San Juan, el embajador de Chile en Argentina, Adolfo Zaldivar Larrain, observó la ausencia de una "cultura minera" en nuestro país a diferencia de la nación trasandina donde la actividad es pilar del desarrollo, representando el 20% del Producto Bruto Geográfico.

El diplomático trazó un parangón histórico al señalar que "Chile no se entendería sin minería" y porque gracias a sus yacimientos lidera desde hace 200 años en la exportación cuprífera y, debido al mineral, las ventas externas son similares a las del comercio exterior argentino, pero con la tercera de nuestro territorio. Por el contrario, aquí a la minería se le ponen innumerables obstáculos y hasta hay provincias con enorme potencial que prohibieron la minería expansiva con argumentos más ideológicos que científicos.

Quienes demonizan a la minería en nuestro país apuntan a riesgos probables, que como todo desarrollo productivo y fabril los tienen. Sin embargo, el campo tiene mayor impacto ambiental, pero como en la Argentina existe una ancestral "cultura agropecuaria", nadie habla del deterioro de los suelos y de la contaminación de la ganadería.

En Chile conviven minería, agro y pesca y la experiencia indica que la explotación de los grandes yacimientos es la menos riesgosa por los controles y la gran tecnología que se emplea. Allí no hay movimientos políticos por los glaciares, aunque conviven con la minería y de ellos depende la mayor provisión de agua dulce, a diferencia de la Argentina donde menos del 10% de los ríos tienen origen cordillerano.

La cultura minera de los chilenos es otra lección que debe aprenderse para salir del subdesarrollo fundamentalista.