Ciertamente, deberíamos poner empeño en avivar los diálogos, y en establecer negociaciones, aunque sólo sea para sobrevivir como especie. Ahí está el drama de los flujos migratorios activando tensiones por todo el orbe. El ser humano tendrá que mostrar otro talante más solidario y, los líderes políticos, deberán redoblar los esfuerzos para asistir a esta abandonada ciudadanía.

Sabemos que la cuestión no es fácil, máxime cuando en esta sociedad en lugar de propiciar la cultura de la acogida, se ha activado la cultura de la exclusión. Por eso, más que fijar cuotas debemos favorecer la cooperación entre países, con criterios homogéneos e integradores entre naciones, con gestiones unitarias en las fronteras, sobre todo de mano tendida y de apertura.

Hoy, quizás más que nunca, es el momento para fomentar la solidaridad. Necesitamos acoger y albergar a esos ciudadanos que van de acá para allá. No podemos ser lobos de nuestros semejantes. Además, súmele, la progresiva delincuencia planetaria que viene poniendo en riesgo permanente cualquier sistema armónico, aparte de obstaculizar el desarrollo y de violar los derechos humanos. Ha llegado, pues, el tiempo de la acción fraterna. No podemos permitir que la mala hierba perniciosa, como decía hace unos días el secretario General de Naciones Unidas, nos ahogue y, sobre todo, deje sin aliento a los más vulnerables.

La esperada adopción en septiembre de la nueva agenda de desarrollo sostenible 2015, nos alienta un poco a la esperanza, puesto que debe ser crucial para la seguridad, el desarrollo y los derechos humanos, los tres pilares de la ONU. Desde luego, con urgencia, tenemos que poner fin a este mundo de chacales que aprisiona la dignidad humana hasta límites inconcebibles.

A mi juicio, sin contemplaciones tenemos que hacer todo lo posible y, hasta lo imposible, por detener y prevenir estos atropellos sistemáticos contra vidas humanas, minorías étnicas y religiosas, culturas y razas. En este sentido, es necesario plantar cara a esa lógica del poder que todo lo disgrega, produciendo privilegios para algunos e injusticias para otros. Hay que fraternizar. Somos únicos, universales e indivisibles. Indudablemente, el ser humano no puede actuar contra sí mismo, no somos islas, somos comunidad. Y en la comunidad hay que asociarse desde el respeto y la tolerancia. La ayuda, por parte del papa Francisco, de acercamiento de Cuba y EEUU, sin duda constituye un blindaje moral y político de primer nivel. Esta es la línea a seguir. Hay que desatar todos los nudos.

Sin embargo, el mundo, lejos de hermanarse, se activan todo tipo de artilugios, inclusive las armas químicas. Algunos países parecen concentrar todos sus esfuerzos en sus capacidades para la guerra informática, en paralelo al desarrollo de sus programas nucleares y de misiles. Algo que hemos de parar con el coraje que precise. Menos actos de guerra y más actos de concordia. La tarea educativa es la gran asignatura pendiente. Hemos de reforzarla, si en verdad queremos llevar a los moradores de este planeta a una verdadera comunión, no de intereses, sino de vidas compartidas, haciendo que se sientan una sola familia, en la que la mayor atención se ponga en los más débiles.