Nuestro país participará como invitado de honor en la edición 2014 del Salón del Libro de París, en marzo próximo, al cumplirse el centenario del nacimiento de Julio Cortázar. Lo hará con una delegación oficial de 48 intelectuales donde no figura ningún escritor crítico al Gobierno nacional, caso de Beatriz Sarlo, Martín Caparrós y Jorge Asís, entre otros.
Caparrós, por ejemplo, ha ganado los premios Planeta, Herralde y Rey de España y es autor de nueve novelas y catorce libros de ensayos y crónicas periodísticas, algunas de las cuales con buena repercusión en París, su lugar de exilio durante la última dictadura militar.
En cambio, estarán en este encuentro cultural internacional -reúne cada año a más de 200.000 visitantes-, algunos de los intelectuales y autores más representativos del oficialismo: Ernesto Laclau; el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González; Ricardo Forster, creador de Carta Abierta; el filósofo José Pablo Feinmann y el periodista Hernán Brienza. La selección de los que viajarán a París, con los gastos pagos por la Secretaría de Cultura, deja mucho margen a la controversia.
¿Qué es lo que une a todos los que fueron ignorados? Oposición intelectual no quiere decir, por supuesto, saña destituyente, sino libre y no necesariamente belicosa confrontación de ideas. ¿Con estas actitudes el poder consolida una cultura progresista o de sesgos discriminatorios? Acude en nuestro auxilio Norberto Bobbio, un ejemplar pensador italiano quien en su ensayo "Derecha e izquierda”, traza los significados y los límites de cada una de estas palabras, que siguen gozando de buena salud, simbólica y política. Ambas, señala, se necesitan la una a la otra y justifican un régimen rotativo, según la preeminencia electoral en el tiempo de los valores que defienden respectivamente. Bobbio cita a Luigi Einaudi, uno de sus maestros y destacado constructor de las instituciones italianas de la segunda posguerra, que después de describir los rasgos esenciales del hombre liberal y del hombre socialista anota: "Los dos hombres, aunque adversarios, no son enemigos, porque los dos deben respetar la opinión de los demás y saben que existe un límite para la realización del propio principio”.
Es tiempo de entender que cultura no es nunca discriminar y es siempre incluir aún cuando haya disentir.
