Una de los aspectos marcados de Benedicto XVI, el Papa teólogo convertido en pontífice a los 78 años, es similar al de su predecesor Pablo VI: el de ser criticado al punto tal de resultar incomprendido. Hace siete años, al momento de la elección, pesaba sobre sus espaldas el estigma mediático de ser un cardenal conservador, inflexible custodio de la ortodoxia que habría frenado las iniciativas de innovación de parte de Juan Pablo II, de quien fue fiel y dócil colaborador.
Si los progresistas lo consideran demasiado proyectado hacia el pasado e incapaz de leer los signos de los tiempos, los tradicionalistas lo consideran débil en sus decisiones. Sin embargo, tanto unos como otros, olvidan el corazón del mensaje de Benedicto XVI, quien en mayo de 2010, en Fátima dijo: "La fe católica ya no es patrimonio común de la sociedad, y para llegar a ésta no bastan los discursos o apelaciones de orden moral, y menos aún, a través de genéricos llamados a vivir los valores cristianos”.
La Iglesia atraviesa hoy una profunda crisis. A esto se ha referido Benedicto XVI en la homilía de la Misa Crismal: una Iglesia flagelada por el escándalo de la pedofilia; por el cisma silencioso de quienes abandonan la fe debido a la inacción o indiferencia de sus miembros; por los clérigos que buscan en la Iglesia hacer carrera; por la fuga de documentos y por las fallas en la organización de la Curia romana. Ante esta realidad, el anciano pontífice alemán continúa haciendo llamados a la conversión y a la penitencia.
El 25 de septiembre del año pasado, durante su visita apostólica a Alemania invitó a la Iglesia a ser menos mundana: "Hay que evitar ser una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda en este mundo. No es raro que se dé mayor importancia a la organización y a la institucionalización, antes que a su llamada de estar abierta a Dios y a abrir el mundo hacia el prójimo. Liberada de fardos y privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero”. Lejos del triunfalismo, Benedicto XVI recordaba a los nuevos cardenales que la lógica de la fe no es la del poder sino la del servicio.
Este septenario de pontificado ha sido de coraje para afrontar los problemas internos más urticantes. Por eso su misión se centra en el llamado continuo a la conversión y a la humildad, sin las cuales no hay evangelización fecunda.
