Ser docente no representa ya un apostolado sino que se ha convertido en un trabajo que quien lo ejerce debiera poseer saberes especiales y una actitud de servicio ejemplar, sin olvidar por ello un salario digno. Pero en este hilván de palabras, cuya significación podría ser más amplia, podríamos incluir la actual ola de violencia, de confrontación, controversia y hasta el hecho policial más cruento, que hacen de la docencia una tarea riesgosa.

Recientemente una madre de alumno, de un establecimiento educativo bonaerense, atacó con un palo y un cuchillo al director de la escuela ocasionándole graves heridas físicas y trastornos psicológicos. Ayer, este diario informaba sobre otro episodio sangriento en una escuela de La plata, donde una alumna de 13 años provocó múltiples heridas en el rostro, el cuello y el pecho a otra estudiante de 16 con un elemento cortante, por cuestiones pasionales. Según la Policía, la agresora habría sorprendido a su novio besándose con la víctima, lo que enfureció a la atacante. Lejos de ser hechos aislados, son dos casos puntuales que sirven de referencia sobre el clima de violencia que se vive en torno a las aulas.

La interrelación humana en el ámbito escolar se ha vuelto compleja, difícil y hasta incomprensible como así también no inherente al propósito genuino, que no es otro que el de formar y educar para la vida. El sistema social se halla comprometido porque ya por repetido y cotidiano vuelve lo patológico normal y rutinario; no pone límites severos a las acciones, deja crecer el temor en la comunidad educativa, permite el avasallamiento de reglas estatutarias, enmascara bajo normas de convivencia el permisivismo y la libertad irresponsable en un tuteo poco ejemplificador con una continuidad perversa. Si se siguen sucediendo este tipo de hechos en la escuela pública, quizás la más atacada, se disgregará para volverse en un medio de intolerancia.

Frente a este dramático panorama, es tarea de psicólogos, sociólogos, psicopedagogos y hasta psiquiatras, pero fundamentalmente de las autoridades educativas y de docentes, corregir las desviaciones. La responsabilidad es de todos; la violencia crece y tanto en el hogar como en la escuela debe repensarse un plan de educación caduco que pretende la posmodernidad a través de la tecnología y olvida el hábitat, la higiene personal, los contenidos curriculares y la palabra certera que haga del alumno y del educador seres en coincidencia con objetivos comunes y proyectos renovadores y exitosos pero, ante todo, excelentes personas.