El ser humano, más allá del orden jurídico positivo que él mismo ha creado, se siente parte de su territorio y le defiende con su vida, si fuere menester, porque éste es inherente a él. Su sentido de pertenencia fue primero, la ley vino después. El hombre, soberano de su territorio, lo es también de su propio ser. La soberanía del ser es el acto esplendoroso impuesto desde lo alto para nutrir sustancialmente la naturaleza racional del hombre en su articulación de correspondencia inmediata con el libre albedrío, vislumbrándose el sentido de pertenencia orientado al sostenimiento coherente y conveniente de la vida. Desde el Génesis, millones de generaciones consumaron su presente y su horizonte en torno a la relación hombre y mujer, más allá de la unión monogámica o poligámica. El ser humano allende los mares o allende las montañas, distantes e ignorando la existencia unos de otros, donde fuere que pisó el planeta construyó un modelo natural de unión familiar conforme a su biología y racionalidad, elementos condicionantes de los que no puede prescindir. El día que a ese modelo excepcional de naturaleza única se perturbe en su cimiente, la sociedad del mundo aceptará la posibilidad del mayor infortunio de la raza humana, tal es el camino fatídico de la involución, más propia de la extinción del ser que de la prosperidad de la vida.
La variabilidad de la conducta humana ha sido en muchos casos utilizada para oponerla a principios fundacionales o del orden natural. Este modo sutil de contrariar el fundamento ha prosperado en determinados momentos de la historia. Precisamente, en tiempos donde la perspicaz banalidad humana, más amiga de la ignorancia que de la sabiduría, avasalló el conocimiento para alzarse en voz audaz y apasionada encumbrándose en un ágora oportuna y decadente. Regadas en campo orégano, esas circunstancias se coronaron reinas con debilitadas tesis impuestas sin medidas, de cuyo desatino resultó herida sustancialmente la institución en su propia naturaleza y fines. Desalienta que en esa manifiesta consternación cognoscitiva sea siempre la cultura como fiel receptora de los hechos, quien mengua la fortaleza del magno acopio natural y evolutivo residente en su ser, porque el irracional, desconsiderado e ingrato ataque le hiere en sus esencias. Cuando la filosofía se adentró en los pueblos, el conocimiento se sostuvo en las jerarquías del fundamento y de luz dorada se vistió el discernimiento. El debate indagó en sus principios y la idea enaltecida se inspiró en rangos superiores, porque en tiempos de excelsitud la discusión jamás partió de la mediocre gradación del intelecto.
La cultura se sostuvo históricamente en conclusiones comunes cuando se involucró el orden natural. La pretensión absurda de legitimar como si se tratase de un bien cualquier desviación de ese orden es propio en sociedades que no están maduras intelectualmente, cuyos recintos del debate subvierten el estandarte del fundamento posponiendo la lucha por la idea. En su reemplazo, tiene prioridad el proceso cuantitativo interesado que otorga al número preeminencia por sobre la elevada potestad del pensamiento. La naturaleza, ante tamañas desviaciones responde con severidad extrema, de un modo implacable, y lo pagan justos por pecadores. Esa reacción no surge para dañar o perjudicar al hombre, sino para salvarle, recuperarlo y reintegrarlo al orden establecido.
El hombre tiene determinadas características biológicas, sociales, culturales y de racionalidad. Como persona humana en su más acabada y maravillosa expresión del hombre-, comparte con su especie comunes características psicológicas, físicas y químicas en orden a su naturaleza racional que se sostiene en su propia esencia. De la enunciación lógica se infiere que el hombre es lo que es. Esa significación le impulsa e indica que debe vivir como lo que es para que no sea otra cosa. Contravenir esta premisa, o mejor dicho, contravenir este fundamento lógico y natural es provocar a la vida instándole a su autodestrucción. Por eso es grave, sumamente grave plantear con liviandad el connotado tema denominado homosexualidad en la pretensión de otorgarle características de normalidad. De enorme irresponsabilidad se han nutrido los recintos de la discusión pública pintando de oscuro el fundamento y la idea enaltecida.
El concepto de familia deviene primero de la procreación y luego conforme a sus creencias y culturas el hombre le ha dado formas distintas pero siempre considerando, valorando y proyectando esencialmente el devenir conforme los nuevos seres que son los hijos, que llegan a la vida en virtud de esa relación de familia. La familia normal es heterosexual en cualquiera de sus formas porque es el modo natural que asegura y garantiza la continuidad de la especie, pero fundamentalmente, porque justifica la Creación como ha sido dada.
