A poco de haberse cumplido el 147º aniversario del nacimiento de Joaquín Víctor González , ilustre fundador de la Universidad Nacional de La Plata, entre otras tantas realizaciones fruto de destacada labor como político, periodista y académico, vemos con tristeza como las autoridades de esa casa de altos estudios se han encargado de degradar a "Samay Huasi", la morada de este ilustre argentino ocupara durante mucho tiempo en Chilecito, La Rioja. El lugar se ha convertido ahora en un servicio social sindical por una resolución dictada a espaldas del Consejo Superior universitario el pasado 29 de diciembre de 2008.

Pero ¿qué es Samay Huasi? El poeta Alberto Gabriel Ocampo, en su libro "El pensador de Samay Huasi" publicado por el Colegio Nacional de Monserrat de la Universidad Nacional de Córdoba, en ocasión de celebrarse en 1963, el centenario del nacimiento de González, describió a esa residencia señalando que "Chilecito, por el lado del Este es custodiado por el Cerrito Portezuelo: un rosario eurítmico de colinas como cuentas gigantescas en cuyas curvas y engarces juega sus flecos albinos el mantón de las nubes, un rosario que quizás dejara abandonado algún devoto mitológico de la precordillera después de haber descorrido entre sus manos fantásticas aquellas gigantescas cuentas, rezando la oración de las transformaciones al dios de las edades. Detrás de una de esas cuentas graníticas y casi encajado en ella, junto a San Miguel y dando el frente al Velasco; se encuentra un sitio glorioso, ya histórico; un semicírculo que le señala un límite, una línea divisoria del campo que le prolonga un extremo, un punto que lo finaliza: "’Samay-Huasi”, todo un interrogante de la vida de un actual poblador de la eternidad."

Continúa narrando: "¿Conocéis Samay-Huasi, la casa del reposo, la carrera que fue? ¡Oh! No es sencillamente una casa, no. Es una obra de arte propio y natural, porque las manos que la crearon supieron del arte y supieron de la naturaleza, y por la virtud de esas manos movidas por un cerebro gestatorio, el arte y la naturaleza se fundieron en el crisol impalpable del amor, como dos corazones en un beso, para darse en realidad de ilusión soñada y en ilusión de realidad concebida".

Una avenida marginada de araucarias, da entrada y conduce al portal aislado de la casa paradisiaca, cobijadora, viniendo por la cinta quebrada del camino del cerro; y un carrilcito rústico, viniendo de San Miguel, el distrito de las esperanzas encarnadas, porque verde está siempre. El portal, de granito maestramente tallado, diríase que fue construido por un arquitecto griego imbuido del idioma preciso del indio, para grabar en la piedra superior la frase de la celebridad fresca del lugar. Portal adentro y a pocos pasos, detiene un soplo de encantamiento al visitante. Tres enes en el frontispicio de un pórtico menor y semejante, de la derecha, parece que dijeran que allí "nunca nadie negará al Maestro".

De la misma forma Alberto Ocampo ofrece una detallada descripción del resto de la residencia, destacando su belleza tanto natural como arquitectónica. Pintando el paisaje expresa que en sus jardines se puede disfrutar de "los timbres armónicos del zorzal que llama a las clases del amor alado; la articulación unísona del crespín que urde sus penas incurables en un solo acento de leyenda; el trémulo rum-rum de los picaflores, de los pícaros picaflores conquistando la dulce libación con el halago de la luz que se quiebra en esplendores sobre sus alas inquietas, volanderas; el lamento arrullador de las palomas poniendo en el silencio como una queja de bordona o bandoneón, y la orquesta sinfónica de las calandrias magas del sonido, de esos benditos pájaros de Dios, intérpretes de la armonía inefable, creadores de recónditas vibraciones, transmisores enigmáticos de las ondas del misterio, manantiales reverberantes de notas suaves, emotivas, dulces, nítidas, pasionarias, como caricias de novia, come mimos de abuela, como besos de madres!".

He aquí al Samay-Huasi ya histórico, el teatro donde pasaron las escenas sublimes de una pieza imposible de nombrar, que tuvo su epílogo dolorosamente solemne en la margen del Plata, ese epílogo dolorosamente solemne en que transfundió la vida del iluminado, del luminoso González, en que transfundió, porque "Más allá de la muerte aún" debía vivir, ¡y vive!, en las generaciones que lo reconocemos con justicia elevada, en las leyes que nos rigen, en la instrucción y la educación que nos instruye y educa, en los establecimientos e instituciones, en los pueblos y aldeas, en el arte y la ciencia, y por ello, en la luz y la sapiencia, en el amor y el cálculo, en la armonía y el átomo, constituido en el tiempo perdurable como elemento infinito de la Creación.

Después de haber leído esta excelsa página del poeta Alberto G. Ocampo, discípulo dilecto de Joaquín V. González, ¿permitiremos que funcionarios transitorios de nuestra Universidad Nacional de la Plata conviertan su austera y amada morada en un servicio social sindical?