Veo todo muy claro. Ahí sale el "Quiti" detrás de unos arbustos. El baldazo está cantado. El agua estalla en abanico, cristal de cuarzo astillado, riendas húmedas por las cuales se hamaca la tardecita de febrero, se enlaza en amores y se mete en esa casa de la esquina. La chica protesta, pero sigue su camino del verano, mojada, pero alagada por el piropo que salió junto al agua.

Veo a la María Julia salir para el almacén. A don Octavio, su padre, escultor de renombre, pararse en el frente y frotarse las manos constructoras de rostros y almas de yeso o piedra, y entrar luego a su taller repleto de obras magníficas, hijos de sus manos y desaparecer para siempre. Todo eso veo, todo, aunque los años me han alejado de la esquina de Urquiza y San Luís (entonces Victoria y Las Mercedes), y la casa está hoy vacía de aquellos hijos, padres y risas, pero aún viva.

Casa de los Figueroa, esquina blanca, rinconero del Zonda viniendo en pasiones para el centro; hoy de otro color, quizá el sepia de las ausencias, vieja esquina de mi niñez plantada en diagonal frente a mi casa, infancia reinventándose en cada carnaval, en cada rumoreo de la acequia. El línea 2, el 3 y el 5 se han parado a recoger recuerdos, aunque no pasen hoy por ese sitio; yo los veo, amarillos, cortitos, rechinantes. Veo también cómo una paloma se posa en el alero y se lleva las tristezas. Cómo el verano se hace astillas de fuego en la acera angostita, y mis amigos de entonces convocan sus sombras a comentar el día en un sifón en el vértice de mi casa frente al Estadio del Parque de Mayo. Es posible ver todo eso. Los tibios bolsillos de la memoria no nos dejan desamparados; rejuntan a cada paso la riqueza de las vivencias y los sueños de los que somos parte.

Casa de los Figueroa. Ya no blanca. Hoy de un matiz que más parece pintado por el tiempo que por pinceles. Veo al Lito detenerse en su frente y llamar. Al zapatero Mariano aguaitarla de soslayo, mientras remienda un gorrión de cuero en sus manos. A una de las chicas Sánchez venir a buscar a mi hermana al atardecer. A Hugo pararse casi al medio de la calle Las Mercedes a observar durante horas si sale la Bibi a la puerta. Siento clarísimo el murmullo del viejo canal que viene rodando barros desde la Bodega Sacchi, donde tantas tardes nos zambullimos en ese misterio turbio, y que a cada tranco de su sueño de agua se lleva constantemente nuestra niñez. Siento todo, me estremezco y sigo amontonando ausencias que he decidido acurrucar en el corazón y no en el pasado.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.