Al probar Jesús el vinagre, dijo: "Todo se ha cumplido". Luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu. Era el día de la preparación para la Pascua. Cuando los soldados se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, uno de ellos le abrió el costado con una lanza, y al instante le brotó sangre y agua. Después de esto, José de Arimatea le pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, llegó con unos treinta y cuatro kilos de una mezcla de mirra y áloe. Ambos tomaron el cuerpo de Jesús y, conforme a la costumbre judía de dar sepultura, lo envolvieron en vendas con las especias aromáticas. En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no se había sepultado a nadie. Como era el día judío de la preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús (Jn 19,28-42).

El día de hoy, sábado santo, es de silencio expectante. Ayer Jesús murió crucificado y bajado desde el madero para ser sepultado en el sepulcro prestado por José de Arimatea. Su cuerpo fue ungido con perfume. Antes de llegar a la Ciudad Santa, se detuvo en Betania, y en esa casa amiga recibió la unción con perfume de nardo puro por parte de María, la hermana de Marta y Lázaro (cf. Jn 12,3). "Perfume", en hebreo se dice "shemen", que se refiere a "shem", cuyo significado es "Nombre". En el libro del Cantar de los Cantares, el Mesías anunciado es llamado "perfume que se expande" (Ct 1,3). El nombre, la esencia de Dios, es "perfume" que acaricia. Es que el amor, por naturaleza propia, impregna todo con su presencia. La flor muere para dar un aroma particularmente agradable a los hombres. Quien se encuentra en el sepulcro es el Perfume que los hombres han querido aprisionar, pero finalmente saldrá victorioso de allí para inundar todo de una luz única y de un aroma de vida que es Resurrección. Su cuerpo lleva la marca del corazón. De su costado salió inmediatamente sangre y agua. El adverbio "inmediatamente" muestra que aquella sangre y agua no pueden quedar encerradas en el cuerpo. La sangre derramada indica vida que supera todo límite, más allá de la muerte. El cuerpo de Jesús es el signo perfecto del Dios amor. Quisiéramos expresarle a Jesús: "No me mueve mi Dios para quererte, el cielo que me tienes prometido. Ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves Señor, muéveme el verte, clavado en una cruz y escarnecido. Muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiera infierno te temiera. No me tienes que dar porque te quiera. Pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera". Y con la impresionante Coral con la que concluye la "Pasión" de Bach, nos dirigimos al Siervo sufriente muerto: "Con lágrimas depositamos tu cuerpo sobre el sepulcro y te invocamos a ti. Descansa suavemente, descansa en paz; descansad miembros extenuados, descansad suavemente, descansad en paz. Que tu sepulcro y tu tumba sean un blando lecho para la conciencia angustiada y un lugar tranquilo para mi alma. Duerme en paz, duérmete en los brazos de tu Padre". Ahora es colocado en el sepulcro. Este término: "sepulcro", en griego se expresa como "mnemeîon", con el significado de "memoria" y "muerte". En el lugar de la memoria de muerte, duerme el Señor de la vida; aquel que nos ha amado y se ha dado para nosotros (cf. Gál 2,20). Habiéndose hecho carne, entra en la oscuridad de la tierra y se une a todo naturaleza humana. Estando sepultado evangeliza la noche del hombre. Si en el libro del Génesis contemplamos el jardín del Edén con el árbol de la vida, el cementerio donde viene depuesto, se convierte en el nuevo jardín donde florece el árbol de la cruz dando el fruto de una vida sin ocaso. En el jardín del Gólgota hay un sepulcro: cavidad de la madre tierra de la cual venimos y a la cual volvemos. Ayer recibió el cuerpo del Esposo. El sepulcro, de memoria de muerte, se ha transformado en el espacio donde se concibe una vida nueva. Junto a su Hijo sepultado se encuentra una madre: María. Allí está como suave brisa. La protagonista absoluta, aunque silenciosa de esta jornada, es la Virgen. Después de la sepultura de Jesús, quedó ella para custodiar la fe en la tierra. El viento del Gólgota ha apagado todas las lámparas, pero ha dejado encendido su candil. Por eso le decimos: "Santa María, mujer del sábado santo, guíanos de la mano hasta los umbrales de la luz, de la cual la Pascua es fuente suprema".

 

Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández