Tras el colapso económico y político de 2001, Argentina inició un resurgimiento dejando atrás una paridad cambiaria ficticia que endeudó al país razón de u$s 12.000 millones anuales. Pero luego de siete años de crecimiento a tasas chinas, no pudo acortar la preocupante brecha entre pobres y ricos, según se esperaba.
Desde 2007, la inflación y golpea con fuerza a los que menos tienen, sin publicarse los datos oficiales sobre la distribución del ingreso. No obstante, los analistas privados coinciden en que nada mejoró: el 10% más rico de la población gana mucho más que la suma de ingresos del 10% más pobre, es decir sin variar el promedio de la década del ’90. Sí lo es, en cambio, frente a la máxima desigualdad de 2002, cuando la diferencia llegó al 42% como consecuencia de la abrupta devaluación. Desde la ruptura de la convertibilidad, el PBI creció un 45%, se crearon 1,2 millones de empleos y se incorporaron dos millones de nuevos jubilados, pero la distribución del ingreso no mejoró.
Esto indica que las políticas actuales no son las apropiadas para terminar con el desequilibrio. El primer paso que efectivamente conduzca a mejorar la distribución del ingreso, debe promover la formalización del trabajo de los pobres. Para ello es clave disminuir la presión impositiva con un criterio progresivo. Los pobres, que mayoritariamente trabajan "en negro", no reciben los aumentos salariales, pero sufren de manera plena los aumentos de precios.
Educar y capacitar en un clima de convivencia y respeto, son las mejores bases para asegurar resultados más positivos.
