¿Qué es la belleza? Escuetamente podría decirse que es la expresión de algo en su máximo esplendor; es un "algo” que trasciende, y que desde su significancia produce en nosotros deleite espiritual. Al existir en la naturaleza, obviamente esa propiedad alcanza al ser humano, y específicamente a la mujer.

¿Cómo se proyecta y sustenta la belleza en la mujer? La alcanza como condición propia, como calidad y cualidad natural, como esencia nativa que dimana de su misma corporeidad espiritualizada, como exterioridad e interioridad amalgamadas, que deben proporcionar brillo a su distinta presencia. La belleza femenina ha de asumirse siempre como un secuencial y dorado atributo, y no como una tornadiza veleidad. Los "90-60-90” creados por el modernismo como "envase” femenino, dan pauta de una óptica apreciativa hacia la silueta mujeril, que la induce a enmarcarse en medidas corporales relativamente ideales.

La belleza es relativizada como cualquier construcción cultural: en cada cultura, en cada época, surgió un estereotipo de belleza femenina. En el yacimiento paleolítico -primer período de la Edad de Piedra, donde aparece la piedra tallada- de Willendorf (Baja Austria) se descubrió una pequeña escultura (estatuilla) de una mujer gruesa, lo que -según los antropólogos- atestigua la existencia de un culto hacia la obesidad femenina. Se la conoce como Venus de Willendorf.

En la Edad Media -siglo V de la era vulgar, hasta fines del XV- el cristianismo estigmatizó al cuerpo femenino, considerándolo fuente de pecado. Así, el ideal de formas redondeadas que lo venía precediendo, dejó lugar al dechado gótico -siglo XII hasta el Renacimiento-: mujeres "sin figura”, delgadas, con vestimenta recta y con pechos pequeños, o por lo menos disimulados. Era su imagen beatífica impuesta.

El Renacimiento supuso el resurgimiento del ideal clásico de ese entonces: Mujer robusta, a la vez proporcionada y atrayente. Eso se verifica hoy observando las pinturas "La toilette de Venus” (1613) y "Las tres gracias”, ambas de Petrus Paulus Rubens (1577-1640). Las otras "tres gracias” fueron pintadas por Sandro Botticelli (1445-1510), casi siglo y medio antes, en su sorprendente cuadro (‘La primavera” (c.1478), donde las tres ninfas -que sólo son parte integrativa de la escena- ostentan cierta estilización, tal vez por la juventud que representan.

A comienzo del siglo XIX, en Grecia se instituyó un canon clásico de belleza femenina, basado en la proporción, el equilibrio y la medida, "creando” una mujer de cintura angosta, pero con pechos, muslos y caderas notorios. La famosísima Venus de Milo, encontrada en 1820 en la isla Milo (griega), en el Egeo, evidencia el ideal greco de la belleza femenina, en esa época.

Hasta principios del siglo XX la delgadez era mal vista -ser "flaca” equivalía a ser pobre, pero al llegar la evolución en busca de lo contrario, se sobrepasaron límites, llegándose al extremo de "usarse” siluetas lánguidas, realmente esmirriadas, que más bien repelían que agradaban. A tal punto se extendió en el mundo ese desatino, que una modelo inglesa -Tuiggy- llego a presentar la figura esquelética de una joven caída en desgracia, y sólo por su atolondrado proceder.

En el futuro ya nunca se llegará a esa "mujer alambre”. En la mujer normal de hoy esta consentida la idea de las "curvas”, de los "destapes”, y de la coyuntura sexista como salpimenté de su presencia. Aunque ese sexismo se asimile, en determinadas circunstancias a la conducta actual de la mujer, no solamente -no propiamente- le da la conciencia de un rostro y cuerpo bellos, sino también le otorga -por sugestión propia- la seguridad de que su aspecto físico ha de tener el relieve a que ella aspira, dentro de las oportunidades de su lucimiento entre sus iguales, y, por consabido, ante los ojos de su perdurable ‘partenaire” de vida, el hombre, valorando su calidad de mujer-mujer.

(*) Escritor.