El sabor del peligro que es bañarse en un canal o arroyo.

A mi madre no le hacía ninguna gracia, pero era la mayor aventura de las siestas veraniegas, si es que nos dejaban salir a esa hora. El canal no era muy ancho, pero era profundo. Serpenteaba entre casas y árboles, al aproximarse a la Bodega Sacchi y desembocaba en calle Victoria (hoy Urquiza). De fuerte correntada, arrastraba ramas, deshechos y hasta animales muertos; pero esto último no era habitual, por eso nos zambullíamos allí. ¡Qué maravillosa emoción largarse "de cabecita"! ¿Cómo explicar la sensación que sentí la primera vez que lo hice y el agua turbia me cubrió por completo?, ya que aún no nos habíamos bañado en una pileta pública; impresión de algo final, excitación mezcla de satisfacción y miedo; sentir el frescor que estrechaba íntegramente los poros; flotar en una nube de hielo y volver a la superficie como desde una aventura o un sueño; tratar de nadar un poco a favor del curso del agua y ceñirse a alguna rama de sauce que caía como látigo verde, para que la fuerte correntada no nos llevara. Por cierto, algo muy peligroso; pero a esa edad el peligro es isla lejana e inalcanzable.

Una tarde de esas que se paralizan un instante como para reflexionar y acometer el ocaso, un amontonamiento de gente y un alto murmullo en la salida del canal nos sacudió la inocencia y encendió la idea del riesgo y de la muerte. El corrillo era inquietante. Se había ahogado alguien. Con el aliento que transmitía a sacudones entrecortados la turbación del corazón, corrimos hacia uno de los puentes cercanos a la avenida Libertador y ahí presenciamos, en cortante silencio, cuando sacaban del agua el cuerpo de una viejecita. Jamás olvidaré su gris final, gris de tristeza y de nada, gris de tarde trastabillada y de responso, sus canas y su imagen de vida derrotada.

Desde entonces, el regocijo de la aventura se nos confundió con la turbación que es capaz de provocar la presencia de la muerte, como en las películas de aventuras que veíamos en el cine Torrent, el Paraíso o el Jardín, pero más vigorosamente, porque se trataba de la realidad. Los hechos son más duros, más bellos y más contundentes que la fantasía. Aquella tardecita cuando, mirándose hacia adentro, se había detenido a pensar el modo más bello de llegar al crepúsculo, casi herida quiso marcharse de allí, como nosotros que comenzábamos a escapar afiebradamente de la niñez y, de repente, a hacernos hombres en la meditación de la tragedia y el encuentro con la vida y sus dolores.

 

Por Dr. Raúl De La Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete