Asistimos los argentinos hace unos días a una puesta en escena pública que, desde el más asombroso desatino, buscó reemplazar el papel del Congreso de Diputados en democracia y herir la genuina historia de la resistencia peronista desde 1955, como la de las Madres de Plaza de Mayo a partir de 1981. Los jóvenes que participaron de la llamada ‘marcha de la resistencia’ no parecen haber ojeado nada sobre la dolorosa lucha peronista de la resistencia, que nació el mismo día del derrocamiento a Juan Perón, el 16 de septiembre de 1955. Ni referente alguno de las Madres supo explicarles que las marchas de la resistencia eran algo muy serio y heroicamente arriesgado, manifestaciones periódicas de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo para exigir la vigencia de los derechos humanos en el país, a lo largo de más de 30 años. Mucho antes, la resistencia peronista representó la más concreta reacción en contra del absolutismo que se sucedió a partir del derrocamiento de Perón, en 1955. Esta forma de enfrentarse a la dictadura duró hasta el 25 de mayo de 1973 cuando asumió el gobierno constitucional de Héctor J. Cámpora después de 7 años de dictadura. De aquella resistencia participaban no sólo militantes y dirigentes peronistas, sino también organizaciones gremiales, estudiantiles, barriales, guerrilleras y sindicales. En el camino de ‘desperonizar’ la sociedad argentina, los golpistas del 55 encabezados por los militares Lonardi, Aramburu y Rojas, impusieron todo tipo de represión, con persecuciones, detenciones, torturas o muertes por fusilamiento de aquellos que se revelaran a la autoridad o que osaran utilizar ideas y símbolos peronistas en cualquier actividad pública o privada del país. Uno de los casos más resonantes de la dictadura posperonista fue la masacre que terminó con la vida del general Juan José Valle y 31 militares más, entre ellos un sanjuanino, también fusilado, cuyos restos fueron traídos en 1956 a San Juan y descansan en el cementerio de la Capital. Ahora, a 8 meses de la asunción de un nuevo gobierno, desde el kirchnerismo residual y con la negativa del peronismo oficialista, se pretendió organizar una ‘marcha de la resistencia’ que tuvo escasa adhesión quizá porque aquellos de quienes se esperaba adhesión tuvieron el sentido común de analizar la impertinencia de la convocatoria. Entre los organizadores, ¿alguien pensó que se ofendía a los miles de militantes peronistas que arriesgaron su vida, y algunos que la perdieron por resistir contra una dictadura que había enterrado los derechos humanos y la libertad de expresión? ¿Alguien valoró la valentía ilimitada de las Madres y Abuelas de la plaza de Mayo?
Además, quién entiende que desde el kirchnerismo se pretenda imitar a la dramática lucha de las Madres y Abuelas, o de los auténticos peronistas que no se ocultaron cuando todos los hacían, si en estos 12 años se nadó en dinero por la excelente herencia recibida de la dura gestión del presidente Duhalde y de su ministro de Economia, Lavagna, los vaivenes internacionales de la economía y la buena cotización de la soja?
Todos los célebres ismos que nacieron al calor del peronismo jugaron igual con la marca original: la usaron como harapo de cocina hasta conseguir el poder y luego hicieron lo que les dictaba las necesidades del momento. Del neoliberalismo, al nacional-popular y anti o posliberal del peronismo. Por eso, si imagináramos a Perón vivo y retirado de la política, no seria hoy menemista, kirchnerista ni camporista. Mucho menos Evita. Y ninguno de los dos hubiera asistido a una marcha de la resistencia en democracia.
