
El electorado argentino se encontrará en 2023, otra vez, perplejo y dubitativo frente a las urnas. Silenciosamente, sin estridencias, la mayoría "relojea" entre los precandidatos de cada partido. Deberá acertar frente a un damero de rostros, e historias detrás, que más bien le despiertan desconfianza. A ese punto ha llegado, por propia decisión, culpa y omisión, gran parte de la clase política.
Como el perro que ve al amo golpeador y sale disparando, aquel que puede, entre los llamados la generación "Z", o los sub-25, se va del país. Es un fenómeno creciente y palpable. Se van con sus conocimientos y habilidades aprendidas en nuestros colegios y universidades, a un país extraño, que abre sus brazos, agradecido de este "regalito".
¿Y los que quedamos aquí? ¿Lo hacemos de patriotas que somos o porque no podemos huir, también? El descontento es generalizado y no queda otra que tomar aquel damero y analizar. Hay dos figuras que, indudablemente, han dominado el escenario de la política argentina desde hace veinte años: Cristina Kirchner y Mauricio Macri. Hacia el 2015, la primera venía con un arrastre de 12 años en el poder, 4 de su marido y 8 de ella, y no pudo sostenerse frente al electorado, que se volcó mayoritariamente por Mauricio Macri. Quien tuvo sus 4 años para poner en práctica todo aquello que lo hacía distinto al régimen anterior. Algunos aciertos y muchos desaciertos hicieron que la gente volviera a darle una oportunidad a la señora, que ya lleva tres y ni por asomo ha demostrado ser mejor que aquel que destronó. Mientras tanto, la gente ve que crece la pobreza y que, en cambio, a ellos les va bien. Luego, se agiganta la incredulidad y se buscan otras opciones.
La aparición de Milei
Entonces aparece la figura disruptiva de Javier Milei. Un exponente claro, producto de aquel desconcierto, con un discurso que a muchos les provoca recelo y a otros, un 20-25%, les abre la puerta a no se sabe bien qué, pero que suena distinto. Y por eso, atrae la atención.
Los recelos provienen de su estilo bravucón, que insulta, agrede, niega el cambio climático, está a favor de la portación de armas, no le disgusta el mercado de órganos humanos, y otros estropicios que, por un tiempo, le hizo bajar en las encuestas luego de su buena performance en las paso del 2021. Alguien lo alertó que esa forma de comunicar esas ideas, era "piantavotos", y hoy se lo nota más sosegado, más contenido, pero que cuando lo "pinchan" con alguna pregunta que lo incomoda, se libera de las ataduras que impone la cordura y vuelve a ser agresivo y altisonante. Promete achicar el Estado, según él fuente de toda corrupción, eliminar el Banco Central, la emisión espuria de moneda, modificar las leyes laborales e impositivas, bajar los gastos de la política, reducir a 8 los ministerios y, en su consigna máxima de campaña, "terminar con la casta política".
Mientras tanto, la gente ve que crece la pobreza y que, en cambio, a los políticos les va bien. Luego, se agiganta la incredulidad y se buscan otras opciones.
Sus propuestas prenden, sobre todo en la juventud, y en nuestra Peatonal se lo vio como un "rockstar", rodeado de jóvenes deseosos de mostrarle su adhesión.
Los sótanos de la política
Esta juventud, para algunos analistas, se asemeja a aquella de los años 70, cuando idealizaba la revolución cubana, levantaba banderas de la izquierda y propiciaba un cambio. Ese mismo idealismo, se nota ahora, pero con una raíz de derecha, liberal, que es la que encarna Milei. La juventud no conecta y es rebelde, a las estructuras establecidas.
Así, el autodenominado libertario, irrumpe la interna de los partidos principales. Y, hasta de algún modo, las ordena. Por ejemplo en Juntos por el Cambio, llevándose votos de ese sector y descalificando a Rodríguez Larreta, acaso el dirigente que mejor mide, con epítetos como "ese zurdo de mierd…" y acercando posiciones con el tándem Macri-Bullrich. También asola el Frente de Todos, por derecha e izquierda, absorbiendo adhesiones crecientes desde sectores claves, como el Conurbano.
Esto es lo que se observa en la superficie. Bajo de ella, sin embargo, existe un submundo que se ha dado en llamar, los sótanos de la política. Esa red intrincada, que se contacta entre sí como vasos comunicantes y aparenta ser, o es, el verdadero poder. Irresponsablemente violenta la ley, las instituciones y, a la vez, pone en peligro lo que queda de democracia.
Ensalada de corrupción
Un sector de políticos, jueces, servicios de inteligencia y empresarios parecen conformar una ensalada de corrupción que está condenando la República. Estaría mal acostumbrarse a episodios como los vividos esta semana. Con una vicepresidente condenada, con un presidente, también la vice, avalando una operación de inteligencia ilegal, la cual reveló una extraña excursión privada hacia un lugar del sur, con la participación de una decena de jueces, fiscales, empresarios, políticos, periodistas, agentes de inteligencia, etc. Dos escándalos en uno. Es como que, por un momento, el sótano quedó a la luz, exponiendo cruelmente sus miserias.
Entre esas miserias, la de echar un manto de sospechas sobre jueces y fiscales que cumplen acabadamente con su obligación. Como aparenta ser la labor del fiscal Luciani, que, como muchos otros, reivindican la vigencia de una justicia verdaderamente independiente. No todo está perdido.
La ciudadanía aguarda un dirigente, o un conjunto, capaz de torcer virtuosamente esta realidad. No ángeles, ni almas bellas, pero sí, hombres dispuestos a servir y no a servirse del Estado. La sociedad aguarda estar frente a las urnas y, esta vez, acertar.
