
De los años que recuerdo, el primer escenario de la boite del Casino de San Juan funcionó en el salón de actos de la Casa España, bello lugar para presenciar el show que se desarrollaba en su amplio escenario en altura, respaldado sobre el fondo norte de uno de los pisos principales del gran edificio. Luego la boite pasó al tradicional patio del ex Hotel Susex, en el Parque y a uno de sus salones interiores, donde conservó su prestigio artístico y el reconocimiento de la gente.
A este ícono provincial llegó lo mejor del espectáculo argentino y muchos artistas extranjeros de renombre. El lugar brillaba todos los fines de semana, en sus comienzos bajo la experta dirección artística del señor Toscano, elegante personaje de ronca voz e infaltable cigarro en sus labios, que estaba vinculado a todo el espectro artístico. El gerente era entonces don Ricardo Folgueras, porteño bonachón e impecable persona, que se radicó en la provincia en razón de su amistad con el Dr. Leopoldo Bravo, entonces gobernador de San Juan.
Don Ricardo estuvo controlando durante varios meses algo que no lo dejaba dormir: una persona ganaba frecuentemente sumas muy importantes apostando sólo en una de las mesas de la ruleta. Un día hizo verificar el cilindro de esa mesa y comprobó que tenía una imperceptible inclinación por desgaste en el rodaje, que era suficiente para provocar que salieran frecuentemente determinados números. El experto jugador lo había comprobado y jugando a ellos casi siempre ganaba. El ardid fue desactivado y todo volvió a la normalidad, seguramente con la perplejidad del vivillo.
Allí conocimos a lo mejor del ambiente artístico, muchas veces compartiendo orgullosamente escenario. Hicimos con varios de ellos amigos de toda la vida y vivimos muchos de sus sueños y algunos dolores.
A la salida de la Boite, conjuntamente con amigos del alma que aún conservamos, íbamos a picar algo al comedor de La Charo, Pepita de Triana, Don Serapio o El Central, cuyo cocinero era el Trucha Romero, prestigioso arquero de Peñarol y luego de Independiente. Y reírnos de todo; y luego cada uno a casa; y muchas veces (estos primerizos artistas) pateando algún tacho de basura o tocando un timbre y corriendo. San Juan era un oasis en sombras, que plácidamente transitaba noches inspiradas, aquellas que un bonaerense que amó la provincia, don Félix Blanco, pintó a pasión como "nochecitas estrelladas, cuántas, cuantas madrugadas escucharon mi cantar…”. Y de vez en cuando el abrazo de una serenata que algún conocido nos pedía para su amada, quien, en batón y somnolienta pero emocionada, descorría la ventana para que las lunas menguantes le entraran mansas al amor con el embelezo de las guitarras.
Las aceras aletargadas nos conducían cansados al lecho, sin peligros callejeros, apaciblemente. Era otro mundo aquel, otra vida aquella. ¿Dónde van los sueños juveniles? ¿Dónde las dulces aventuras de los años de oro y luz? Cualquiera sea el sitio donde la primera edad amarre, la tenemos como reaseguro contra tormentas, como justificación del regalo de vivir.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.
