El acuerdo marco de entendimiento alcanzado el miércoles último por los Estados Unidos con el régimen teocrático de Irán, busca poner fin a más de tres décadas de desinteligencias que llevaron a Washington a imponer duras sanciones económicas al gobierno de Teherán, obteniendo la réplica de la amenaza nuclear iraní, acentuada durante el gobierno ultranacionalista de Mahmud Ahmadinejad.

La audaz jugada diplomática de Barack Obama, aprovechando la predisposición del moderado presidente Hasan Rohani, acosado por el deterioro de la economía y la insurgencia islámica, adquiere dimensiones históricas. Los observadores señalan que este giro de la Casa Blanca es comparable con los acuerdos que logró Ronald Reagan para el desarme de la ex Unión Soviética, y de Richard Nixon para la apertura de China al mundo moderno, hitos trascendentes de la política global.

El paso de Obama con otro cambio de estrategia para equilibrar las fuerzas en Oriente Medio, tiene también reacciones adversas de los tradicionales socios de EEUU en la región: Israel y Arabia Saudita, enconados enemigos de Irán. Para Benjamin Netanyahu este acuerdo, de concretarse, amenaza la supervivencia de Israel tal como lo expuso ante el Capitolio en sus últimas gestiones para impedir la negociación, y ha vaticinado una guerra sin precedentes en Medio Oriente si el acuerdo se lleva a cabo.

Para poner paños fríos, Obama sostuvo que el acuerdo preliminar con Irán supone un progreso significativo hacia una solución duradera que evite que el régimen iraní desarrolle la bomba atómica y garantice la naturaleza pacífica de su programa nuclear. Pero también existe una dura oposición estadounidense interna. Los duros republicanos no ven con buenos ojos que de un día para otro el enemigo se convierta en socio, a menos que logren entender que el pragmatismo es el que se impone en el mundo y que esta alianza aliviará el presupuesto norteamericano que sostiene largas guerras como la de Afganistán contra un enemigo común con los persas: los talibanes.

A todo esto los iraníes celebran jubilosamente el acuerdo, tanto por el impacto económico con inversiones que los sacarán de las necesidades actuales -acentuadas por la caída el precio del petróleo-, y por estar incluidos en la agenda de Occidente para equilibrar las fuerzas de la región, mientras los rodean conflictos como los del fundamentalismo islámico y de Irak, Siria, Líbano y la amenaza de Yemen.