Jesús dijo a sus discípulos: "Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Lo que yo les mando es que se amen unos a otros" (Jn 15,9-17).
La idea central del evangelio de hoy es el amor: un tema siempre actual que encierra una infinidad de sentimientos e imágenes, pero que también se presta a malentendidos o interpretaciones erróneas. San Juan retoma esta temática una y otra vez, tanto en su evangelio como en sus cartas. Jesús afirma: "Permanezcan en mi amor". El verbo griego "ménein", traducido como "permanecer", aparece 118 veces en el Nuevo Testamento, de las cuales 40 en el evangelio de san Juan y 23 en su primera carta. En lengua griega, el verbo indica la permanencia, que puede ser entendida como el "quedarse en un lugar", en el sentido de "no cambiar". Permaneciendo en el amor nos asemejamos a Dios, que es eterno porque no se muda. En el Antiguo Testamento, la permanencia es un atributo de Dios, porque sólo él no cambia: es estable su consejo (cf. Is 14,24) y todo lo que gravita en torno suyo, como por ejemplo, las personas imbuidas de bondad que participan de esa estabilidad divina (Eclo 44,13).
Es típica de Juan la expresión "permanecer en" para indicar una "intimidad que produce comunión entre las personas". Cuando se permanece en el amor, los frutos son duraderos. El vocablo griego "karpós" indica el fruto, ya sea en sentido propio, cuando se refiere al que producen los campos, o en sentido figurado para referirse a los resultados obtenidos. Cuando se vive la caridad, los efectos son aquellos que señala san Pablo: "alegría, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí" (Gál 5,22-23). La permanencia en él indica más bien, una fidelidad aguerrida y robusta, que no se remueve ni aún en medio de las persecuciones, pero que produce un gozo que es de otra naturaleza, distinta a la de la alegría del mundo, que viene interpretada como el resultado de la extroversión sin referencias.
Para Platón y Aristóteles, la alegría era una pasión buena. Más aún, era para ellos uno de los grandes bienes del hombre, compañera de cualquier verdadera plenitud. El gozo surge del encuentro del querer con lo querido, del amor con lo amado. Según Platón, el amor es hijo de la pobreza (penía) y de la riqueza (pòros). El amor es una especie de pobreza que apetece colmarse con aquello de lo cual carece; de tal manera que el amor colmado, la superación de la carencia se transforma automáticamente en alegría. Al amor pues, no sólo pertenece desear o querer, tender al bien ausente, sino también descansar y disfrutar el bien adquirido. Eso es la alegría. De tal manera que la alegría y el amor son dos aspectos de la misma realidad o, mejor dicho, la alegría es la plenitud del amor. El cristianismo es la posibilidad que se ha dado al pobre ser humano, mediante Cristo, de ser semejantes a Dios. Pero Dios es amor. De allí que ser semejantes a Dios no es otra cosa que amar con el amor con que Dios ama, dando vida.
Un terrible terremoto que se produjo el 9 de diciembre de 1989, devastó la República Soviética de Armenia. Fue una triste ocasión en la que se experimentó la solidaridad activa de todo el mundo. Entre quienes llegaron al lugar para socorrer a las víctimas, se encontraba la Madre Teresa de Calcuta con sus monjas. Fue particularmente conmovedor el encuentro con una mujer sobreviviente, que permaneció sepultada viva junto a su hijo, durante dieciocho días. Aquella madre armenia estaba al borde de la muerte, porque la semana anterior a ser encontrada se había hecho un corte en cada dedo por cada día, para que su criatura bebiera su sangre y no muriera. Cuando la Madre Teresa se acercó para darle un beso y preguntarle por qué había hecho eso, aquella heroica mujer tocó el crucifijo que la fundadora de las Misioneras de la Caridad llevaba en el hombro izquierdo de su sari, y con un hilo de voz dijo: "Fue Jesús quien me lo enseñó". El teólogo suizo Han Urs von Baltasar decía que "sólo el amor es digno de fe". En vez de lamentarnos de que el mundo se ha secularizado y está dejando de creer, preguntémonos sino será debido a que, quienes nos profesamos creyentes hemos dejado de amarnos y, como advertía Benedicto XVI el 10 de marzo pasado, nos estamos "mordiendo y devorando unos a otros, destruyéndonos mutuamente".
