En aquellos días: María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "’¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1,39-45).
La fiesta de la Virgen durante el Adviento es la Inmaculada Concepción, fiesta de la pureza de María, la "’toda bella”. En la Bula de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción dice Pío IX que la Virgen "’sobre todos los ángeles y santos poseyó una plenitud de inocencia y santidad tal que, después de Dios, no puede concebirse mayor”. Para hablar de la "’Purísima” es contundente la afirmación de San Jerónimo: "’Se la llama Inmaculada porque no sufrió corrupción alguna; y considerada atentamente, se ve que no existe virtud, ni candor, ni gloria, que en ella no resplandezca”.
El texto a meditar en esta solemnidad es el de la visita de la Virgen a su prima Isabel. El evangelista, al describir las acciones de María, subraya en ellas movimiento y prontitud: levantarse, ponerse en camino, entrar. Luego de estos detalles, la atención se concentra en la respuesta de Isabel al saludo de María. Toda la narración evangélica es puntual y sin retórica. Más aún, sin adjetivos. Sólo tres verbos que son acompañados de una modalidad: María que camina "’sin demora”; Isabel que exclama "’con voz fuerte”; y el niño que "’salta de alegría”. Ante todo, aparecen como "’visibles” las dos madres: una frente a la otra. Invisibles, porque están "’escondidos” en el seno de sus madres: los dos niños. Describiendo la salida de María hacia Judea, el evangelista Lucas usa el verbo "’anístemi”, que significa "’levantarse, ponerse en movimiento con entusiasmo”. Considerando que este verbo se usa en los evangelios para indicar la resurrección de Jesús (cf. Mc 8, 31; 9, 9. 31; Lc 24, 7. 46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5, 27-28; 15, 18. 20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador. María aparece aquí como la "’primera evangelista” que difunde la buena nueva, comenzando así los viajes misioneros. El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de la simpatía familiar. María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: "’Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lc 1, 40). Este saludo es sin palabras. Su sola presencia origina un salto de alegría de Juan Bautista en el seno de su madre Isabel. El verbo griego "’skirtao”, significa: "’saltar”, aunque también "’danzar”. La alegría del niño en el seno de su madre se expresa con el verbo griego "’agalliasis”, que tiene un sentido religioso: es el gozo por la salvación prometida y donada mediante Jesús que se hace danza. Isabel "’exclamó con gran voz”: el verbo empleado aquí es "’anafoneo”. Se trata de un verbo utilizado para aclamaciones de tono litúrgico. El gozo se hace canto de alabanza. Isabel, proclamándola "’bendita entre las mujeres” indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe: "’¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree. Su fe se hace éxodo: acudir para servir a quien lo necesita.
La escena de la Visitación muestra cuatro características del estilo de vida de María: ella es capaz de un amor atento, concreto, alegre y tierno. La atención del amor hace que no espera a ser llamado. Dice santo Tomás de Aquino que donde hay amor, existen ojos que ven. A esto se une lo concreto del amor. San Ambrosio lo expresaba así: "’la gracia del Espíritu no tolera tardanzas”. Además, el amor de María es alegre, ya que no vive sus deberes como obligaciones impuestas. En ella todo es gratuidad y generosidad que no conoce cálculos. Amor sin reservas ni condicionamientos. En sus gestos demuestra la ternura del amor que no crea distancias. La ternura es dar con alegría suscitando gozo en el amado, contagiando libertad y paz. En su visita a la parroquia romana "’Santa Isabel y san Zacarías”, el 26 de mayo pasado, el Papa Francisco advertía que sería bello añadir a las letanías de la Virgen, una que diga: "’Señora que vas deprisa, ruega por nosotros”. Que como ella, cuando haya que servir, dejemos pues de calcular y aprendamos a arriesgar.
