Mi memoria se mete nostalgiosa y sin permiso en madrigueras de sueños paridos en adolescencia; y revolotea aquella ciudad que entonces tenía vida propia en las noches durante toda la semana. Algunas ensoñaciones lucen hoy como quimeras, no pérdidas; siguen siendo dulces frutos inalcanzables; y me doy cuenta que hay pájaros muertos en alguna acera despareja y cuentos inconclusos, pero vida, mucha vida en el mejor sentido de la palabra, emociones esenciales y muchos momentos felices.

Encaramos para el lado de Santa Lucía y, allá por Hipólito Yrigoyen, cerquita de la plaza, una vieja casona atesora un cuento que me propongo contar del modo más simple: Peña "Don Baliña". Noches fragantes de la dulce bohemia y el reverdecer de la música nativa. Su anfitrión: un muchacho de gran personalidad, hombre simple pero profundo, parado en su frente invitaba con su actitud a entrar a descubrir sueños y contar los propios. Eduardo Baliña, aún no era Contador Público Nacional, y seguramente ni imaginaba que llegaría a ser diputado provincial, buen ministro de Educación y varios cargos públicos ganados por su capacidad.

Tenía él por costumbre presentar el espectáculo con palabras fuertes, como siempre ha sido su espíritu y recitar páginas de la poesía popular nativa. Alguna muchachada tenía con él puntos de contacto en la Universidad Católica o su partido Bloquista; pero el mayor hilo conductor era la música, que el anfitrión se encargaba de que fuera cordial, superadora de toda tristeza, como debe la música ser. Allí cantamos varias veces y estuvimos muy cómodos. El país parecía debatir otras aspiraciones, otras utopías, pero casi todo sigue igual, sueños pendientes, deuda interna, necesidad de reconocernos más hermanos en un sueño común, que no otra cosa es un país, despegar por fin.

Por todo aquello, resuenan como caricias de Luna nueva en mis oídos los versos de Aznavur con su "Bohemia": "Uno tiene veinte años…, la bohemia, la bohemia… y nosotros vivíamos del aire del tiempo, cuando el azar de los días… y los muros y las calles que vienen a mi juventud". Fácil y accesible es la adolescencia, esa fantasía de imaginar el mundo en un puño, todo por hacer, todo por descubrir, después la vida, seguramente más dura, pero igualmente todo por hacer, si la interpretamos como un constante ejercicio de creación y amor.

Peña "Don Baliña", donde el "gaucho" Eduardo homenajeaba a la patria brindándole un saloncito amable de Santa Lucía en el cual mostraba su corazón, para que los cantores de San Juan se sintieran como en casa. Dulcísimo bohemia donde cantamos las canciones fundamentales de autores señeros que el tiempo se encargaría de eternizar, y comenzamos a presentar las nuestras, adolescentes protegidos de ilusiones, peleando a la música del norte el lugar que siempre supimos que Cuyo merecía.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.