De los veintinueve diputados que firmaron el Acta de la Independencia de 1816, dieciocho eran laicos y once sacerdotes de ambos cleros, secular y religioso.

Es que la Iglesia se hizo solidaria con la gesta de la Independencia.

El doloroso confinamiento de los obispos de Córdoba, Buenos Aires y Salta, fue consecuencia de haberse manifestado cautelosos y hasta contrarios al movimiento independentista, debido al compromiso al que los ligaba el juramento de fidelidad al Rey de España. Esto hirió la sensibilidad religiosa del pueblo sencillo, mayoritariamente católico, que al verse privado de sus pastores sufrió desconcierto y abandono, con el peligro de identificar a la revolución como contraria a la religión. A causa de las sedes vacantes, muy prolongadas en el tiempo durante el siglo XIX, el clero quedó librado al arbitrio del poder civil, y con el cierre de los seminarios se siguieron consecuencias trágicas en la vida pastoral y sacramental. Cuando estas noticias llegaron a Roma, la Iglesia en la Argentina naciente quedó desvinculada de la Sede Apostólica por largo tiempo.

Ciertamente fue un efecto no deseado por los representantes, quienes al inaugurar el Congreso y ‘después de asistir a la Misa del Espíritu Santo, que se cantó para implorar sus divinas luces y auxilios”, juraron ‘conservar y defender la Religión Católica, Apostólica y Romana”.

En aquél austero recinto, designaron Director Supremo de las Provincias Unidas al General Juan Martín de Pueyrredón -representante por San Luis- y confirmaron como Jefes Generales de los Ejércitos del Norte y de los Andes a Belgrano y San Martín respectivamente. Allí mismo, y por aclamación espontánea y unánime, coincidiendo las voluntades en la independencia del país, ‘invocando al Eterno que preside el Universo, en nombre y por autoridad de los pueblos que representaban” rubricaron la gloriosa Carta Magna de la República Argentina.

El movimiento de ideas: Está claro que los representantes al Congreso coincidían en principios éticos inspirados en el humanismo cristiano, y sus convicciones quedaron reflejadas en las escasas fuentes que han llegado hasta nosotros de aquella soberana asamblea.

En cuanto a la filiación ideológica del movimiento independentista puede decirse que no se nutrió primariamente en los pensadores de la ilustración europea ni en las ideas de la Revolución Norteamericana (1776) ni Francesa (1789), sino más bien en la escolástica española, particularmente en la doctrina de Francisco Suárez sobre el origen indirecto del poder político (Dios, pueblo, monarca) más popularmente conocida como doctrina de la soberanía popular. ‘De este modo el componente ideológico se convirtió en endógeno o autóctono al movimiento revolucionario, inscribiéndose en la tradición cultural cristiana, sin hacerse extraño al patrimonio cultural y religioso de los habitantes de la región rioplatense”, nos dice Juan Guillermo Durán.

De hecho, el discurso de Juan José Castelli en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, que apoyó la reasunción de la soberanía por el pueblo de Buenos Aires, se inspiró en esta filosofía política cristiana.

No obstante, ya desde 1810 habían asomado ideas aisladas de raíz enciclopedista y liberal.

Todo parecía inclinarse hacia una definición en favor del sistema monárquico incaico, que sumaba adherentes entre los congresales. No obstante, se empezaron a escuchar voces proponiendo las ventajas del sistema republicano, como el más conveniente para la hora. En sucesivas sesiones se escucharon los principios fundantes de un sistema federal, y varios representantes esbozaron la idea de constituir una Federación de Provincias como forma provisional de gobierno.

En tales circunstancias, se escuchó la palabra autorizada de Fray Justo Santa María de Oro, diputado por San Juan y uno de los principales protagonistas del Congreso, quien ‘exponiendo, que para poder declarar la forma de gobierno, era preciso consultar previamente a los pueblos, sin ser conveniente otra cosa por ahora, que dar un reglamento provisional…”. La Nación ‘independiente y libre” se gestó en una ‘pequeña provincia” de la Argentina profunda, Tucumán. Los congresales hicieron de una ‘casa de familia” un espacio fecundo, donde se desarrolló una auténtica deliberación parlamentaria. Esta casa, lugar de encuentro, de diálogo y de búsqueda del bien común, es para nosotros un símbolo de lo que queremos ser como Nación.