Nos estamos acostumbrando a vivir en un estado constante y permanente de agresión y transgresión a los valores que se sostienen en la dignidad del hombre argentino en todos los órdenes de la vida nacional. Eso no es bueno ni es normal en ninguna sociedad humana, porque los valores que el sujeto acumula, tienen su arraigo en el más elevado consenso que surge natural en los modos de convivencia del grupo social, que requiere de tiempo y de vida para moldearlos, que se heredan y acatan aunque no figuren impresos en ningún código reglamentario o sancionador. La subversión de esos valores éticos y morales, sumados a toda clase de especulaciones y aviesas intenciones con creencias religiosas oportunistas y sectas de todo orden, va generando un clima absurdo de inseguridad, de difícil retorno, porque en esa incertidumbre, la vida confunde su dimensión trascendente, y aunque sea complementaria con la existencia misma, pierde su fundamento vital. Por eso no acertamos a definir ni a medir los parámetros de la inseguridad, porque los actores directos que la provocan duermen en muchos casos debajo de la cama, almuerzan en la misma mesa, comparten trabajos y miles de labores en la sociedad a la que hieren violentando la ley y toda clase de valores consensuados.
La inseguridad jurídica, por ejemplo, abarca tan amplio espacio en la vida de una nación, que hace imposible el desarrollo idóneo de las relaciones humanas en cualquiera de sus formas, impidiendo conclusiones y resoluciones que hagan posible y factible el consenso que garantice el tiempo que viene. Ninguna sociedad puede vivir en conflicto permanente, ni es el conflicto elemento o factor constructivo de ninguna relación consistente aunque, producto del mismo, se administre alguna conclusión. En este contorno el consenso será relativo porque carece de sustentabilidad, servirá para juntar voluntades y no para aunarlas en la organización nacional. El país necesita, precisamente, de esa gran organización para asegurar e inspirar confianza en los hacedores de la historia y lo que confunde al ciudadano son los deslizamientos mal disimulados que se observan en casi todos los niveles para desvirtuar el sentido jurídico e institucional de la Carta Magna. De allí, al incumplimiento de las leyes de menor rango hay un trecho muy corto. No se puede organizar creyendo que esa tarea es sólo juntar gente, que bien puede estar engañada, o estar en la realidad o pensar de otra manera. Organizar no es juntar gente, es aunar voluntades conscientes con una finalidad, es decir, con un objetivo. El objetivo tiene un marco constitucional que no podemos perder de vista bajo ningún concepto.
La Argentina leguleya ya no va porque con ella no hemos podido superar los graves flagelos que nos acosan a la vuelta de la esquina. Uno de esos flagelos es la inseguridad en todas sus formas que pone en riesgo todo acto humano desde un contrato debida y formalmente realizado, como así también pone en riesgo la viabilidad de los consensos y lo que es peor, ha demostrado que se sirve con extrema facilidad de la propia vida.
La Argentina económica se construye o deteriora a veces en corto plazo, en cambio la Argentina de los valores necesita de la prédica del ejemplo y se construye a la par de la historia y con la cimiente cultural que se acumula para otorgar identidad a una sociedad. La Argentina de los valores nos está demandando. Es posible cuando aún quedan resabios para comenzar de nuevo.
