El segundo domingo después de Pentecostés, luego del domingo dedicado a la Santísima Trinidad, la Iglesia Católica celebra en su liturgia la "Fiesta del Corpus Christi", del cuerpo y la sangre de Jesús resucitado, que se queda con nosotros hasta su segunda venida gloriosa, en el juicio final, hecho pan y vino.
En una homilía alusiva al tema, el Papa afirmó que la hostia consagrada es "el alimento de los pobres" y "fruto de la tierra y del trabajo del hombre".
Sin embargo, "el pan no es simplemente y solo un producto nuestro, algo hecho por nosotros; es fruto de la tierra y por tanto, un don."
La presencia de Jesús hecho pan la contemplamos principalmente en los sagrarios, donde se "reserva" la eucaristía para ir a adorarla en soledad, silencio y contemplación.
La conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesús, se produce por la la sucesión apostólica. Nuestros obispos tienen el poder servicial de consagrar el pan y el vino, y Jesús actuando en ellos transforma esas especies en su cuerpo, sangre, alma y divinidad en su estado actual, es decir, resucitado. A esta transformación se la llama "transubstanciación" (CEC 1375-1376): Cambia la substancia del pan, que no es ya más pan, sino el cuerpo resucitado de Jesús y lo mismo con el vino.
Decimos que la eucaristía es adorada porque se le tributa el mismo culto que a Dios, ya que el Hijo no solamente quiso hacerse hombre en Jesús de la Villa de Nazareth, sino que incluso se hizo una cosa inanimada, un vegetal, es decir, pan, en la cumbre de la humildad y del anonadamiento (el hacerse "nada").
Una de las formas de adoración, fuera de la misa, se realiza en la soledad contemplativa y silenciosa ante el sagrario, donde también se reserva el cuerpo para ser llevado a los moribundos, a los enfermos y a quienes lo pidan con justa causa fuera de la misa. Otra es la exposición en el tabernáculo o bien depositándolo sobre el altar. Una tercera es la exposición con la custodia y otra es cuando está colocada sobre el altar.
Las formas que hay de culto eucarístico fuera de la misa pueden ser las procesiones eucarísticas. Aquí se enmarca la solemnidad del cuerpo y de la sangre del Señor ("Corpus Christi") celebrada cada año, de acuerdo a las circunstancias y costumbres de cada lugar.
En San Juan se suspenden todas la misas de la mañana en las parroquias y se reúnen todos con el Arzobispo Arquidiocesano, para tributar culto conjunto al misterio eucarístico de nuestro Señor Jesús.
Es conveniente que primero se celebre la misa y con la hostia recién consagrada, se realice la procesión como manifestación sacramental de este signo de fe.
