A mediados de 1987, siendo novel oficial de la Policía de San Juan, tuve la oportunidad de acompañar a las autoridades que asistieron al Congreso de Jefes de Policía, realizado en la Capital de San Luis.
Acudieron numerosos jefes de las policías del país, entre los cuales se destacó un hombre de mirada serena, claridad de pensamiento y firme batallador de la integración de las policías con la comunidad. Era el comisario general Juan Ángel Pirker, Jefe de la Policía Federal Argentina, el que rescataba habitualmente los cambios generados en las fuerzas de seguridad a partir de la reinstauración de la democracia: "Estamos en una etapa de libertad tan amplia que quizá no nos damos cuenta de todo lo que vale. Hay que defenderla”, dijo en una de las últimas entrevistas de su vida.
El esclarecimiento del secuestro y asesinato de Osvaldo Sivak y otros empresarios a manos de una banda integrada por oficiales y agentes de la fuerza fue uno de los casos más resonantes en los que actuó, y a partir de los cuales creció su notoriedad pública.
En su gestión, se volvió al mítico vigilante de la esquina, al policía confiable, creíble.
Era abierto, no tenía miedo de confrontar ideas públicamente. El periodismo encontró en él a un funcionario amable, siempre bien predispuesto. Atendía e informaba todo a todos. "El que se equivocó o no se enteró es porque no me llamó”, reprochaba con frecuencia.
Este Jefe de Policía sabía que el eje de la misión policial no era luchar contra la violencia con más violencia, sino generar estrategias para reducirla. Asumió que el poder de la policía se basaba en el entendimiento de la lógica democrática y en una percepción aguda de lo que la sociedad reclamaba de la Policía Federal Argentina.
Un "Jefe de Policía” no tiene días de trabajo. "Tiene responsabilidad” así son todas las horas y los días… dijo Pirker, días antes de su muerte.
Y murió como vivía, el día 13 de febrero de 1989, en su despacho cumpliendo con su deber. Y así en más de cien años de historia de la Policía Federal, fue el jefe que más cultivó la lealtad, la imaginación y hasta el corazón del pueblo argentino. Fue un excelente funcionario, un gran caballero, un hombre de bien.
Sus restos mortales fueron velados en el mismo Departamento Central de Policía. Políticos, escritores, colegas, y ciudadanos le dieron el último adiós. El famoso escritor Ernesto Sábato, dijo estar conmocionado por la muerte de Pirker.
Al abandonar la capilla ardiente donde sus restos fueron velados, y a pesar del día lluvioso, una multitud (miles de personas) lo esperaba en la calle.
La despedida popular a un Jefe de Policía constituyó un hecho inédito en toda la América latina, y fue el mejor tributo para un hombre que murió como vivía, sencillamente trabajando por la seguridad de su pueblo y el prestigio de la institución que tan bien supo comandar.
