El partido Liberal Democrático (PLD) de Japón, encabezado por el ex primer ministro Shinzo Abe, acaba de recuperar el poder que detentara desde 1995 a 2009, con una alianza para controlar cómodamente el parlamento, con más de dos tercios de los votos, lo que podría significar el regreso a la estabilidad política.
Durante la campaña, sus anuncios se basaron en una agenda de corte nacionalista y de mayor acercamiento a los Estados Unidos, en momentos en que las tensiones con China, debido a reclamos marítimos y territoriales, han aumentado sensiblemente, en particular en torno a las islas que Japón tiene bajo su jurisdicción y China reclama soberanía sobre ellas, donde podría haber importantes yacimientos de hidrocarburos. Allí acaba de producirse la primera violación china del espacio aéreo japonés, desde 1958, evidenciando así la altísima sensibilidad del diferendo.
La tarea de Shinzo Abe no será fácil en ningún frente: la economía sigue en recesión, un 7% en los últimos cinco años; la deuda pública es de casi dos veces el PBI; el déficit fiscal es peligroso y el yen, sobrevaluado, afecta la competitividad de la industria. La deflación, según los anuncios de Abe, será atacada con un vigoroso plan de obras de infraestructura que apuntan a modernizarla y hacerle frente a los desastres naturales a los que Japón está particularmente expuesto.
Por el momento la sociedad japonesa parece haberse detenido en el tiempo. Abe deberá evitar los errores cometidos cuando, hace cinco años, debió renunciar, forzado por las circunstancias y actuar con decisión, porque esta vez no puede descuidar la situación económica e impulsar el crecimiento desde el Banco Central.
Ocurre que la tercera economía del mundo puede así ponerse en marcha o caer en el caos fiscal. El nuevo premier apunta también a reformar la Constitución pacifista de Japón, que fuera consecuencia de su derrota en la Segunda Guerra Mundial, de manera de tener una presencia militar propia más importante en momentos en que la conflictividad regional ha aumentado notoriamente. Desde Beijing y Seúl se seguirá este intento con particular interés, porque hay una historia dura entre ambos países y el Japón, con todos los resentimientos de ella derivados. Abe no tiene demasiado espacio para la timidez en la acción, porque la ansiedad social japonesa parece grande.
