El próximo lunes deberá ratificarse en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el acuerdo nuclear alcanzado entre Irán y las potencias internacionales, que levanta gran parte de las sanciones políticas y económicas que pesan sobre la nación persa. Todo indica que se aprobará sin dificultades debido a que los cinco miembros permanentes del Consejo, que participaron en las negociaciones, son los únicos que tienen capacidad de veto.
El documento, redactado por Estados Unidos en nombre del llamado "Grupo 5+1” y de la Unión Europea, establece que siete resoluciones de la ONU sobre Irán dejarán de ser efectivas tan pronto como la Agencia Internacional de Energía Atómica verifique que las autoridades iraníes han cumplido con las medidas del pacto, por ejemplo el desmantelamiento de toda instalación que presuma un perfil armamentista.
Pero si bien el histórico acuerdo tiene una aprobación global mayoritaria -sólo Israel lo ha rechazado de plano- el entendimiento debe enfrentar algunos obstáculos políticos tanto en el país asiático como en Estados Unidos, donde el presidente Barack Obama debe someterlo a la aprobación del Congreso dominado por los republicanos, en momentos preelectorales.
En Irán ocurre algo parecido, no obstante el triunfalismo del presidente Hasán Rohaní, un clérigo moderado que accedió al poder de forma inesperada con la promesa de abrir su país al mundo, mejorar la economía y aligerar la represión social, política y cultural sobre los ciudadanos, una posición diametralmente opuesta a la de su antecesor, el radicalizado Mahmud Ahmadineyad.
Aquí todo depende, en último término, del líder supremo Alí Jameneí, que desde 1989 rige Irán como su más alta figura política y religiosa, quien ahora, envejecido y enfermo, tendrá que opinar sobre un acuerdo visto por muchos como una oportunidad sin precedentes en lo económico y lo social y por otros como una bomba de tiempo envuelta como regalo de enemigos irreconciliables que puede socavar los cimientos del régimen integrista.
Pero Rohaní parece encaminado a cumplir con su prometida apertura al mundo, esperando que el acuerdo repercuta en ávidos inversores extranjeros, interesados en entrar en un mercado joven, grande y con una de las mayores reservas de hidrocarburos del planeta.
