Algo venía ocurriendo en el espíritu de muchas personas, quizá el agobio, quizá la desesperanza, para que en vísperas de Navidad de un año cercano a 2009, en la gran ciudad la gente comenzara a considerar que podría resultar más práctico enviar a sus familiares un saludo con un poema o un hermoso recordatorio, que reunirse esa noche a festejar la Navidad. El celular sería entonces el instrumento salvador.
Por extraña coincidencia, a las doce de ese día 24 de diciembre, la gente decidió comunicar a los suyos la nueva idea. Entonces sonaron a la vez casi todos los celulares de la gran ciudad. El estrépito activó las alarmas de los automóviles y motocicletas, y el revuelo fue gigantesco. Las cadenas de radios y televisión del país y del extranjero de inmediato transmitieron el suceso, uniendo sus voces al ruido generalizado. Entonces la gente que se encontraba en la gran ciudad, sorprendida por el fenómeno, trató de comunicarse con sus familiares mediante sus teléfonos fijos o móviles, resultando ésta una forma involuntaria de aumentar el caos.
Las sirenas de los patrulleros y de las ambulancias se unieron al insólito fenómeno. Una vez más se acudió a la costumbre de hacer sonar las cacerolas, quizá como un modo de humanizar el fenómeno. Las mujeres gemían en estrépito al borde de la locura. Los hombres gritaban frases ininteligibles en el ambiente desatado, y se chocaban entre sí tratando de sojuzgar el terror. Era imposible comunicarse. El fragor se convertía en una bola de nieve siniestra. Todo se perdía en un continente de murmullos y estridencias. Los perros ladraban llantos grises. Los gatos maullaban pánico rojo. Las campanas de todas las iglesias llamaban con desesperación a la cordura, quizá de algún modo a la recuperación de un fundamental espíritu perdido.
En ese fárrago estremecedor donde nada podía ser entendido ni escuchado, sólo resultó comprensible el sonido de los pájaros que pacíficamente vivían en la gran ciudad, quienes comenzaron a emitir un sonido tan extraño como desgarrador: su llanto. Entonces la gente también lloró de un modo tan triste como el de los pájaros. Posiblemente, la manera de salir del infierno era esperar que las sirenas de los automóviles se agotaran; que los teléfonos murieran; que los animales y la gente callaran o entraran en colapso. Pero, ¿quién podía asegurar que la tragedia no se repetiría en cualquier momento, si la cordura estaba siendo derrotada?
