La intervención militar de Francia en Malí, su antigua colonia africana, genera en el mundo otro conflicto bélico de impredecibles derivaciones y, como el propio presidente Francois Hollande ha manifestado al hacer el anuncio, es una operación militar de largo plazo.

El gobierno francés estableció tres objetivos básicos: detener la ofensiva de los grupos terroristas, preservar la existencia del Estado maliense y preparar el despliegue de la fuerza de intervención africana, metas que el viernes último puso en marcha con resultados exitosos, según los informes de París. Las fuerzas enviadas combaten a tres grupos fundamentalistas en el norte y oeste del país, identificados como Al Qaeda en el Magreb Islámico, el Movimiento por la unidad y la Jihad en África del Oeste y Ansar Dine (defensores del Islam). Para Hollande esta insurgencia está vinculada con las ramas de Al Qaeda en Somalia, Yemen y Pakistán, constituyen "un riesgo para la seguridad europea" y para la existencia misma de Malí.

Pero la situación es mucho más compleja, ya que hay muchos malienses que combatían junto a Muammar Kaddafi en Libia, más los independentistas tuareg, que desde hace una década buscan el poder central y bandas de contrabandistas que dominan la ruta de paso de la cocaína que va a Europa. Todos tienen diferentes intereses y objetivos políticos, no se comunican entre si y se enfrentan en sus convicciones religiosas e ideológicas. El despliegue armado de Francia para proteger a su antigua colonia tiene el aval de la comunidad internacional, pero ninguna potencia se aventuró a ofrecer tropas o asistencia directa para una lucha compleja, incierta, larga y difícil, como la definió Hollande.