Este año el hambre en el mundo alcanzará un récord histórico, con 1020 millones de personas afectadas a causa de la crisis económica, según el último informe de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
La "Declaración sobre el Progreso y el Desarrollo en lo Social" de 1969, precisaba que es necesaria la eliminación del hambre y la malnutrición, para poder garantizar el derecho de todos a una nutrición adecuada. Asimismo, la "Declaración universal para la eliminación definitiva del hambre y la malnutrición", aprobada en 1974, afirma que toda persona tiene el derecho inalienable de ser liberada del hambre y de la malnutrición para poder desarrollarse plenamente y conservar sus facultades físicas y mentales. En 1992, la "Declaración mundial sobre la nutrición" reconocía que "el acceso a la alimentación nutricionalmente adecuada y sana es un derecho universal". Se trata de afirmaciones muy claras. La conciencia pública ha hablado sin ambigüedades.
No obstante, millones de personas están marcadas todavía por los estragos del hambre y de la malnutrición o por las consecuencias de la inseguridad alimentaria. ¿Radica la causa en la carencia de alimentos? Absolutamente no. Está reconocido, generalmente, que los recursos de la tierra, considerados en su totalidad, pueden alimentar a todos sus habitantes; en efecto, los alimentos disponibles por habitante, a nivel mundial, han aumentado alrededor de un 18% en los últimos años. El desafío que se plantea a toda la humanidad es, desde luego, de orden económico y técnico, pero más que todo de orden ético y político. Es una cuestión de solidaridad vivida, de desarrollo auténtico y de progreso material. Los pobres son las primeras víctimas de la malnutrición y del hambre en el mundo. Ser pobre significa, casi siempre, verse más fácilmente atacado por los numerosos peligros que comprometen la supervivencia y tener una menor resistencia a las enfermedades físicas.
Si la causa del hambre es de orden moral, que supera todas las causas físicas, estructurales y culturales, los desafíos son de esa misma naturaleza, moral. Esta crisis silenciosa del hambre, que afecta a uno de cada seis seres humanos, supone un serio riesgo para la paz y la seguridad. Una sociedad no puede vivir en paz, mientras haya alguno de sus miembros que carecen de pan. Una paz duradera no es el resultado de un equilibrio de fuerzas, sino de un equilibrio de derechos.
La paz no es la victoria del fuerte sobre el débil, sino el fruto de la victoria de la justicia sobre los privilegios injustos, de la verdad sobre la mentira y del desarrollo sobre el hambre.
