La invasión militar estadounidense a Panamá, de la que hoy se cumplen 25 años, fue una demostración de fuerza inédita en sus propósitos y con una justificación difícil de digerir pese al paso del tiempo, en la que tuvo tanto que ver la geopolítica como el orgullo personal. Bautizada como Operación "Causa Justa", lo que ya desde su mismo nombre supone una afirmación valorativa, la acción supuso el despliegue de más de 27.000 soldados para someter a una Guardia Nacional panameña muy inferior, desmoralizada, dividida, mal armada y poco entrenada, y capturar a su jefe, el exgeneral Manuel Antonio Noriega.
Según el académico de la Universidad del Sur de California Eytan Gilboa, "no fue un uso de la fuerza justo", y aseguró que la
invasión se podía haber evitado con una mejor coordinación dentro del propio gobierno de EEUU y una diplomacia más efectiva.
De hecho, 25 años más tarde todavía sigue sin haber una cifra oficial de víctimas, que oscilan entre los cerca de 500 que reconoció el Pentágono, entre civiles y militares, y los más de 5.000 que reclaman las organizaciones populares.
Está establecido que fue "la primera vez y quizá la única, en que EEUU ha atribuido a las drogas el motivo de una intervención militar".
Los otros fueron proteger a los ciudadanos estadounidenses en Panamá, después de algunos incidentes con soldados norteamericanos y defender la democracia y asegurar el cumplimiento de los tratados que establecían un calendario para traspasar el Canal, controlado por EEUU desde su construcción a comienzos de siglo, a manos panameñas en el 2000.
Pero según Gilboa, hubo un motivo adicional y fundamental, no declarado: "El restablecimiento de la credibilidad y la reputación del presidente Bush tanto nacional como mundialmente".
El académico se refería al peligroso juego del gato y el ratón que Noriega, un experto en contrainteligencia y antiguo hombre de la CIA, estuvo jugando durante meses con Bush.
El fracaso de la diplomacia estadounidense en un país que además consideraba bajo su tutela y poco menos que independiente, y el insulto y la burla de Noriega a Washington terminaron con el mayor despliegue militar estadounidense desde la guerra de Vietnam.
Todavía los panameños más veteranos, habitantes de un país históricamente pacífico, recuerdan vivamente los bombardeos,
tiroteos y movimientos de carros blindados por la capital, así como la filas de decenas de helicópteros que, en perfecta formación,
aparecían sobre el horizonte.
(*) Agencia EFE.
