En un viaje marcado por la austeridad que lo caracteriza, el Papa Francisco realizó esta semana una sorpresiva visita a la isla de Lampedusa, al sur de Sicilia, puerto de ingreso a la Unión Europea de oleadas de inmigrantes y refugiados provenientes de África, Medio Oriente y otros países asiáticos: un éxodo que creció desde que estallaron las protestas en el mundo árabe, en 2011.

Se estima que más de 20.000 personas murieron en el mar en los últimos 25 años en el intento de llegar a Lampedusa, huyendo de la miseria, de guerras o fueron víctimas de trata por parte de los traficantes que lucran con las navegaciones humillantes. Otros 200.000 inmigrantes clandestinos tuvieron mejor suerte, porque llegaron con vida a la isla, aunque a partir de allí la supervivencia desesperada tuvo otro marco de horror.

El Santo Padre eligió este escenario, sin pompa y formalidades protocolares, para celebrar una misa multitudinaria con un mensaje a la humanidad, y particularmente a la clase política, por volverse insensible frente a la dramática situación de miles de personas sin papeles que deambulan en busca de esperanza. Las durísimas palabras de Bergoglio para despertar conciencias en Occidente han repercutido en todos los ámbitos del poder europeo, principal destinatario de la denuncia por este error inhumano.

"¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! ¿Quién de nosotros lloró por estas personas que estaban en el barco, por las jóvenes madres que llevaban a sus niños, por estos hombres que deseaban algo para sostener a sus familias? La cultura del bienestar nos hizo insensibles a los gritos de los otros. Somos una sociedad que olvidó la experiencia del llanto, la globalización de la indiferencia nos sacó la capacidad de llorar”, clamó Francisco, también hijo de inmigrantes.

El Papa pidió la gracia de llorar sobre nuestra indiferencia, sobre la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, y en aquellos que en el anonimato toman decisiones socioeconómicas que abren el camino a dramas como éste, sin olvidad a "aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”.

Es el acostumbramiento al sufrimiento de quien no tiene que ver con nosotros y por eso no nos importa la comprensión, la acogida y la solidaridad.