Los continuos ataques contra las especies protegidas, como los animales en peligro de extinción y la flora autóctona, se suceden en nuestra provincia con una crueldad implacable, favorecidos por la inocuidad de los operativos de prevención, una legislación benévola y el mutismo de las entidades defensoras de los recursos naturales.
El ejemplar de águila coronada, utilizada como tiro al blanco en una zona del departamento Sarmiento, la semana pasada, es otra muestra de la impunidad con que se mueven los cazadores furtivos en San Juan, que son simples contraventores, si son descubiertos in fraganti, como ha ocurrido en los ostentosos operativos mediáticos implementados por el organismo oficial. Como resultado, todo queda en exhibición para que la prensa compruebe las piezas incautadas, pero se resguarda celosamente la identidad de los atacantes para que no trasciendan en los medios. La Justicia de Faltas hace el resto, es decir, que el tiempo y la burocracia jueguen a favor de los agresores sin que se sepa qué pasó con los vehículos, el armamento empleado y otros elementos incautados, además de las penalidades, si las hubo.
Tampoco se escuchan voces en favor de las especies protegidas de parte de las organizaciones ambientalistas, no sólo de las antimineras ideológicas sino de aquellas como Greenpeace que nacieron para frenar la cacería y el daño a las especies protegidas. O de otras entidades civiles que defienden a las vacas que van al matadero, o piden el cierre de zoológicos por el estrés que sufren los animales, pero ignoran la matanza de guanacos y vicuñas, el tráfico y venta de aves silvestres en peligro de extinción, o la pesca que diezma los acuíferos cordilleranos. Es por eso que nos enfrentamos a una verdadera incongruencia: se puede meter preso a quien arroje basura en los laterales de la Av. de Circunvalación, pero no al que ataca a las especies protegidas.
El águila coronada es una verdadera rareza no sólo de nuestra limitada fauna silvestre sino en el mundo, cuya población disminuye rápidamente por la cacería furtiva y ciertas presunciones lugareñas acerca de sus incursiones sobre el ganado menor. La malherida ave rescatada en Sarmiento se salvará gracias al tratamiento del veterinario que la cuida, pero jamás volverá a volar porque se le debió amputar el ala atravesada por un disparo. Sobrevivirá, pero en cautiverio.
