Vivimos en una sociedad donde cada vez más nos cuesta hacer silencio. Varios factores ponen en riesgo la importancia del silencio, solo mencionaremos tres que nos parecen los más relevantes:
1) Vivimos un tipo de vida acelerada, yendo y viniendo para uno y otro lado. El tiempo no nos alcanza. Da la sensación que "el que hacer” que tenemos por delante nos lleva al galope. Nuestra vida se puede volver en una verdadera vorágine. La vorágine, se suele definir, como un remolino de gran fuerza e intensidad que se forma en el agua de un lago, río o mar, por la acción del viento o las corrientes. Así puede volverse nuestra vida: un tempestuoso "remolino”. Vivir de este modo nos lleva inevitablemente a una destrucción. Es cierto que las ocupaciones familiares, las exigencias del trabajo, situaciones difíciles de llevar, problemas que brotan, exigen, tal vez, una respuesta rápida y constante, pero ¿cómo es posible introducir espacios de silencios en medio de la vorágine? El ir corriendo tras una y otra cosa nos lleva de manera paulatina a una verdadera aniquilación. La vorágine cotidiana, con el transcurso del tiempo, nos puede hacer diluir el núcleo íntimo de nuestro ser. Nuestro yo interior, nuestra propia alma puede volverse muy lejos de nosotros mismos. Perder el control interior es perder el timón de nuestra vida, es comenzar a dar vueltas y vueltas sin saber con claridad hacia dónde vamos. La vorágine nos lleva de la mano a una ausencia del silencio.
2) Vivir en un mundo excesivamente informado. La noticia diaria es moneda corriente. Todos sabemos al instante lo que pasa en cualquier parte del planeta. Somos especialistas en opinar noticias pasajeras. Las conversaciones reflejan lo que hay en el corazón. El contenido de nuestro pensamiento comúnmente entretenido por la lluvia de información nos puede llevar al olvido del silencio.
3) Algunos instrumentos técnicos: el uso excesivo de la computadora, celular o televisor. Estos aparatos se suelen volver en nuestros compañeros de camino. Con ellos compartimos gran parte del día, hasta el extremo que se transforman en imprescindibles para la vida. Da la sensación que "vivimos gracias a ellos”. Pasar la vida apegados a éstos instrumentos nos puede llevar a perder la capacidad de volver a nuestro interior y perder los ricos momentos de silencio.
¿Por qué es importante el silencio? Porque allí encontramos una verdadera voz que nos habla al corazón. El silencio nos enseña a reconstituirnos por dentro. Edifica el ser y el qué hacer. Nos saca del aturdimiento. Reconcentra la atención. Reorganiza nuestra vida interior, psicológica y espiritual. Nos permite analizar hacia dónde orientamos la vida y cuáles son aquellas aguas profundas que se encuentran en el corazón. Es vernos a nosotros mismos y tener un recto juicio de lo que somos. El silencio nos ayuda a pensar y valorar lo que hicimos. Nos ayuda abordar cada cosa de nuestra vida desde una plataforma firme. Nos ayuda a escuchar y atender. Favorece los vínculos humanos siendo más pacientes y tolerantes. Ayuda a un sano diálogo y edificarnos mutuamente en la palabra.
Los grandes sabios de la historia se han nutrido de la riqueza y quietud del silencio. La bulla, la disipación, los ruidos, son aquellas sutilezas diarias, al alcance de la mano, pero que difícilmente favorecen al crecimiento de personas maduras. Animarnos a entrar en el silencio es animarnos a cambiar y ajustar muchas cosas de la vida. Escaparle al silencio es rehuir de nosotros mismos, tal vez, para no ver lo que nos corresponde ver.
(*) Párroco de Santa Rosa de Lima, departamento 25 de Mayo, con jurisdicción en la Vicaría del Desierto.
